Opinión
Ada Colau y Manuela Carmena. EP

Se van tornando cada vez más bochornosas las habituales alcaldadas que practican, con vituperio y sin sonrojo, las alcaldesas de las grandes ciudades de España, Madrid y Barcelona.

Las alcaldadas se definen como acciones arbitrarias de una autoridad, especialmente si se trata de un alcalde, realizadas con abuso del poder que le corresponde en el ejercicio de sus funciones. Si el acto o actuación no tiene relevancia para el interés general, la alcaldada pasa a la crónica como "ocurrencia" o "capricho", reseñable anecdóticamente.

Pero en los últimos tiempos, las alcaldadas de Ana Colau y de Manuela Carmena, en los respectivos ayuntamientos de Barcelona y Madrid, han trascendido como "alborotos", o sea, como "alteraciones con escándalo", dado el ruido y la confusión creados por las fechorías que sus actos significan dentro del orden que se ha de mantener por respeto a la Constitución, que es "la voluntad de todos".

La "podemita Ada Colau frecuentemente "se cuela", en sus aversiones a "lo español" (el Ejército, el Rey, la Bandera...), y en sus "adagios no adecuados" respecto al tempo y el momento: su repudio al orden establecido, sus abominaciones del sistema de valores culturales consagrado, su rechazo de la religión oficial, su desprecio del turismo normalizado....

Por el contrario, es promotora de cambios y de novedades antañonas como "la carracuca", o favorecedora de un feminismo frustrado, con apoyo a mitos como la activista Marina Podestá, o a motes como el de Angela Bañón, "la meona", que reivindica la liberación sexual, "piseándose" en la calle...

Todas ellas son alcaldadas abruptas; la más desgraciada, la omisión de bolardos en las Ramblas, cuando correspondían,, lo que permitió una masacre histórica. Y ahora viene la peor, fundada en su pertenencia ideológica: el facilitar en la ciudad de Barcelona, con ambigüedad calculada, la actividad delictiva de un referéndum rechazado por el Tribunal Constitucional.

Manuela Carmena, la otra podemita, llegada al ayuntamiento de la capital de la Nación, Madrid, de mano de "Ahora Madrid", celebra por decenas sus alcaldadas, muy conocidas y protestadas.

La última de Manuela ya no es un simple "alboroto" sino una "asonada", o sea, un alboroto tumultuario que necesita ser reprimido por una autoridad superior. Y así lo ha hecho el Juez correspondiente.

Manuela se ha empeñado, una vez más, a ofrecer Madrid, la sede del Reino y del Gobierno de España, como cancha del independentismo catalán, permitiendo la convocatoria, en un local municipal, para la celebración de un acto promocional del Referéndum 1-O.

El juez José Yusty ha suspendido a la Jueza-Alcadesa, Manuela, porque no se comporta como una "manola" madrileña, una "maja", guapa y ajustada, sino que más bien parece una "majadera".

Dictó el Juez la suspensión del acto programado, "por anticonstitucional"; a lo que podría añadirse "por antinatural" con la esencia de Madrid, ciudad abierta, pero muy respetuosa de la Norma y del Rey.

La representante madrileña, con poder, de Podemos alegó, ante la decisión judicial, el "derecho a decidir" y el "derecho a decir", afirmando que "vulnera el derecho constitucional a la autonomía de las municipios en la gestión de sus respectivos intereses".

Lo cual significa "coger el rábano por las hojas", considerando que el ejercicio de su autoridad, como alcaldesa, es el órgano supremo de gestión de la soberanía popular del pueblo de Madrid.

Pero, en verdad, Manuela solo representa el poder soslayable de una "mayoría democrática" inestable. Como en Cataluña, en Madrid se ha de respetar, por encima de la "demo", la "legalitas", como sabe su Señoría la Jueza-alcaldesa.