Opinión
Ada Colau TV

DICE Michel Houellebecq que Macron es una persona extraña. Que nunca terminas de entender lo que piensa. Que no se deja descifrar.

Que no se le puede sacar ninguna convicción formulada con claridad. Mira qué afortunados los franceses. Ellos tienen a Macron y nosotros, a Colau.

«Mi impresión es que todo se reduce a su optimismo. Se ha hipnotizado a sí mismo y, a la vez, a todo el país», concluye el escritor francés del presidente en «XL Semanal». Quizá Colau también se ha hipnotizado a sí misma.

Y a Rommy Arce, la concejal del Ayuntamiento de Madrid que aplaude a Colau por romper su pacto con el PSC en el Ayuntamiento de Barcelona. Como si en Madrid no necesitaran a los socialistas, que siguen sosteniendo el Carmenato y aguantando las bofetadas de la muchachada que rodea a la señora Manuela.

No sé si esa Colau convertida al soberanismo y que acaba de mandar al Ayuntamiento a la parálisis, acabará siendo peor alcalde que Joan Pich i Pon. Pero sí tiene menos gracia. Ninguna. Es verdad que al analfabeto Pich i Pon lo nombraban sus protectores políticos de Madrid y que a Nada Colau la han elegido.

Como ella siempre dice, es una cuestión de democracia, término que en boca de tantos es un limpiador multiusos. El cómico Ignatius Farray tiene una teoría sobre por qué ganaron Carmena y Colau: porque votaron los borrachos, que empalmaron los bares con las urnas.

Vinculado al Partido Republicano Radical de Lerroux y al servicio de los intereses empresariales de la ciudad, Pich i Pon fue alcalde de Barcelona entre enero y octubre de 1935.

«¡Cuánta propiedad urbana!», dijo una vez desde el Tibidabo. Y a Alfonso XIII en la Exposición Internacional de 1929: «Majestad, a sus pies la ubre». En lugar de lapsus decía lapislázuli. Y Calígula por canícula. Su tirano favorito era Tirano de Bergerac.

Me acuerdo de cuando empezamos a ver a Ada Colau. Fue en una comparecencia en el Congreso. Era 2013, iba en representación de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca y llamó criminal a Javier Rodríguez Pellitero, de la Asociación Española de Banca, que había intervenido antes. Eso le dio notoriedad. La desconocida que hablaba de corrido (eso a los españoles nos gusta mucho, aunque se digan idioteces) se convirtió en una estrella.

Estando ya en su cargo actual, un concejal del PP en Palafolls (Barcelona) sentenció que en una sociedad seria Ada Colau «estaría limpiando suelos y no de alcaldesa de Barcelona». Qué fijación la de los hombres españoles, independentistas o no. También está el pedecato alcalde de Premià de Mar soltando a Griso que con su manera de pensar (distinta a la suya, atrasada) lo lógico es que estuviera limpiando la ropa, haciendo la comida en casa y nada más.

De acuerdo, la frase era esta: «Si usted continúa pensando de esa manera, estaría limpiando la ropa y haciendo la comida en casa y nada más». Él debería estar haciendo dictados y recibiendo clases de sintaxis.

En todo caso, prefiero a Colau de alcaldesa de Barcelona que limpiando mi casa. Me da que sabe lo mismo de una cosa que de la otra. Y vale que Macron no es Adenauer. Ni De Gaulle. Ni Mitterrand.

En su magnífica Tercera «Amnesias europeas», Serafín Fanjul escribió que todavía no entiende por qué toda la derecha política del continente se lanzó a apoyar la candidatura de este hombre, cuyo único mérito es no apellidarse Le Pen. Yo ya veo una virtud no ser Ada Colau.

Pich i Pon decía a propósito del himno francés: «Al oír cantar la Marsellesa se me erizan los pelos del corazón». Ni siquiera descarto que Colau tenga pelos en el corazón.

El ataque más contundente de 'Herrera enfurecido' contra Ada Colau