Opinión
Carles Puigdemont, expresidente autonómico de Cataluña. CT

PRIMERO empezaron a hacer amigos con el celebérrimo «España nos roba». Original proclama viniendo de una de las tres regiones más ricas del país y que además fue rescatada por las arcas del Estado cuando sus gobernantes, lumbreras como Maragall, Montilla y Mas, la quebraron con su mala cabeza.

Luego comenzaron a forjar las famosas «estructuras de país», que todos los ciudadanos españoles, como buenos panolis, costeamos con nuestros impuestos. Además se fumaron reiteradamente las sentencias que molestaban al rodillo nacionalista, acosaron socialmente a los disidentes y convirtieron una onerosísima televisión pública, TV3, en un cañón de propaganda separatista.

Entre chulería e insulto, formularon su original concepto de diálogo: o me permites independizarme a la brava o eres un facha intransigente (tesis que el gran Sánchez comparte a ratos). Rajoy, con más paciencia que un faquir en una cama de clavos, prefirió hacerse el sordo ante tanto desdén y todavía el pasado mayo intentó una surrealista Operación Diálogo, enviando a su segunda a masajear a Junqueras a Barcelona.

El por entonces vicepresidente catalán y hoy golpista preso se choteó abiertamente de las ofertas de la emisaria monclovita y se ufanó de que la independencia era la meta irrenunciable. Sin temor alguno a la justicia, infravalorando la envergadura de un Estado de la categoría de España y despreciando a la mayoría de los catalanes que se sienten españoles, a continuación anunciaron con todo lujo de detalles que iban a aprobar dos leyes golpistas para su república.

A esas alturas del dislate todos los semáforos del Estado estaban ya en rojo: advertencias explícitas y reiteradas del TC, la Fiscalía General, el Gobierno y la Comisión Europea. Nada amilanaba a nuestros bizarros golpistas.

Aprobaron sus leyes sediciosas (cargándose así el Estatut y la Constitución y desoyendo a los propios letrados del Parlament). Organizaron un referéndum expresamente prohibido, sin censo, con urnas chinas de juguete y votos incluso cuadruplicados.

Se inventaron un resultado a dedo (90% a favor). Por último, bastante demudados, con el miedo asomando a sus rostros, acabaron proclamando su República entre cánticos patrióticos y ojillos acuosos. De camino, les endilgaron a los catalanes una ristra de trolas de récord Guinness, sobre todo en lo referente al radiante futuro económico, y abrieron el mayor boquete empresarial en la historia de la Cataluña moderna.

Pero ahora lo han aclarado todo: era un experimento simpático, intrascendente. El prófugo explica desde su exilio belga que puede haber más salidas que la independencia. Pelillos a la mar. Forcadell le pide al juez que no la enchirone, que ella es constitucionalista de toda la vida y más del 155 que Riverita. ERC y PDeCat reconocen que no hay mayoría ni base para la independencia.

Santi Vila cuenta por ahí que solo se trataba de arañarle unas perras a Madrid, como tantas veces hizo el viejo Pujol. Eran mentirijillas. Una coña marinera para pasar el rato. Muerto Chiquito, sirva una de sus coletillas como único resumen politológico posible: «Cooobardes y pecadores». ¡Jarl!

Otro que se marca un 'Santi Vila' repudiando la DUI y abandonando al náufrago Puchi