Opinión
Julia Navarro.

Lo peor que le puede pasar a una persona es convertirse en una caricatura de sí mismo. Eso es exactamente lo que le está sucediendo a Carles Puigdemont que se ha convertido en una caricatura pero de la peor calidad.

El ex president ha fracasado en su intención de lograr que todos los grupos independentistas se presenten juntos a las elecciones del 21 de diciembre. El fracaso le ha llevado a él y a los suyos a inventarse unas nuevas siglas con las que concurrir. De Convergencia pasaron a denominarse PDeCAT y ahora se presentaran en las urnas bajo el nombre de Junts per Catalunya.

Lo cierto es que Carles Puigdemont está perdiendo fuelle desde su huida bufa a Bruxelas y sus continuas declaraciones histriónicas, aunque, por sorprendente que parezca, aún hay ciudadanos que creen en él. El caso es que las elecciones van a estar más que reñidas en el sector independentista.

Se sabe que Oriol Junqueras y Carles Puigdemont se soportan poco a pesar de que el ex president ha venido siendo poco menos que un juguete bien manipulado por el sibilino Oriol Junqueras que parece ser que fue quién le impidió convocar elecciones para evitar la aplicación en Cataluña del 155 de la Constitución.

Es evidente que Junqueras es un tipo con más recorrido que Puigdemont y que tras sus ademanes curiles y su discurso melifluo se esconden grandes dotes de manipulador y una ambición desbocada. Porque Junqueras viene trabajando desde el minuto uno por convertirse en presidente de la Generalitat y a mi no me extrañaría que dependiendo del resultado de las elecciones del 21 de diciembre incluso estuviera dispuesto a guardar en el cajón su programa independentista para pactar pongamos con el partido de Ada Colau y el propio PSC si eso le aupara a la Generalitat. A Puigdemont se le ve venir a Junqueras hay que interpretarle porque es un experto en tartufismo.

Claro que a Junqueras le ha salido una dura competidora tan sibilina como él, nada menos que la alcaldesa de Barcelona Ada Colau cuya ambición le anda a la par.

Y en medio, como un personaje roto, desenfocado, fuera de juego está Carles Puigdemont, que da saltos malabares para llamar la atención sin percibir que sus actuaciones van provocando hastío.

Ya digo que lo peor que le puede pasar a uno es convertirse en una caricatura y Carles Puigdemont es una caricatura de pésima calidad de sí mismo.