Opinión
Mariano Rajoy, presidente del Gobierno de España (PP). TAREK

ESTA Constitución cumplirá los cuarenta intacta, y aún puede que sobreviva a algunos de los que quieren cambiarla. De momento ha pasado otra efemérides sin que el asunto de la reforma trascienda el ritual debatillo, circular y cíclico, entre la política, la universidad y el periodismo.

Para los columnistas, el 6-D es un jornal ganado de antemano que nos garantiza al menos un artículo; un servidor este año va por el segundo en vista de que el puente está muy aburrido.

Por cierto que quizá habría que considerar la inclusión de los puentes como derecho sociolaboral en el futuro marco normativo, dada su creciente importancia estratégica para el sector turístico. Constitucionalizar es hacer normal lo que en la calle es normal, que dijo Suárez allá en el Paleolítico del posfranquismo.

Mañana o pasado, la célebre reforma habrá vuelto al cajón de las cuestiones pendientes y sólo el PSOE, o más bien solo Sánchez -aquí procede la distinción diacrítica que se ha cargado la RAE- insistirá en la matraca federalista sin saber muy bien en qué consiste exactamente el federalismo.

El líder socialista le pidió a Rajoy algo a cambio de apoyar el 155 y el presidente le dio la comisión de estudio constitucional para que se entretenga, como quien le da un juguete a un niño.

Ahora lo que le va a dar son largas, un mareo parlamentario de perdices con mucho estudio académico y jurídico. De esta legislatura no va a salir un acuerdo relevante en ese sentido, nada que pueda plasmarse en el plano político. El Gobierno no tiene ninguna prisa y se va a hacer el lonchas sin la menor disposición de ánimo para meterse en ese lío.

Para revisar la Carta Magna hay que responder a tres preguntas esenciales que nadie se ha hecho: qué problemas se pueden arreglar con el cambio, cuántos se pueden crear en el intento y cuáles quedarán sin solucionar con un texto modificado o nuevo. Sólo a partir de las respuestas a esas cuestiones cabe plantearse la conveniencia o no de abordar el empeño.

Y luego hay que pensar en una cuestión nada insignificante, que es la de si todo eso interesará de veras al sujeto de la soberanía, el pueblo. Porque al final del proceso habrá que votar en referendo y la alternativa ya no será, como en el 78, entre Constitución sí o no, que era un dilema serio, sino entre el articulado antiguo o el moderno.

Eso es un debate de élites y existe una posibilidad verosímil de que muchos ciudadanos le den la espalda por pereza, desdén o desafecto.

Jornadas como la de ayer, con su ceremonia oficial de culto al consenso, dan además para una reflexión sobre la diferencia entre la clase dirigente actual y la constituyente, cuyos supervivientes aparecen expuestos como santos laicos en las hornacinas del Congreso.

Sin caer en el tópico viejuno de que todo tiempo pasado fue mejor, existen motivos razonables para contemplar esa comparación con un cierto vértigo.