Opinión
El consejero catalán de Interior, Joaquim Forn. CT

JOAQUIM, un chicarrón de 53 años con cara de protagonista de cómic, echó los dientes en el Ayuntamiento de Barcelona junto a Xavier Trias, ese gran aficionado a los paraísos.

Se había formado en el Liceo Francés, una peculiar manera de reivindicar la inmersión lingüística en Cataluña. Su ojo para confraternizar con políticos aficionados al dinero público es legendaria, teniendo en cuenta que, con calcetines cortos, empezó a colaborar con Oriol Pujol en un grupo radical financiado por esa familia (es decir, con dinero público) para boicotear la inauguración en 1989 por parte del Rey del Estadio Olímpico.

Después, fue concejal de Seguridad, pero se le olvidó perseguir a los okupas que ilegalmente usurpaban la propiedad privada en Barcelona y, amnésico él, tampoco recordó cuando ya era conseller de Interior perseguir a los cachorros de la CUP que quemaron autobuses turísticos.

Pero es que los mozalbetes eran los alevines del partido antisistema que había colocado al amigo Carles en la presidencia de la Generalitat y había que hacerse el tonto. Joaquim fue nombrado en plena canícula consejero de Interior, apartando así a Jordi Jané, un nacionalista «blando», un maldito tibio que no sentía la República catalana en sus venas.

Pero Joaquim, sí, él era un talibán dispuesto a morir por el «procés». Por eso, lo primero que hizo fue cargarse a la cúpula de los Mossos porque el responsable que se encontró, Albert Batle, había osado decir que iba a cumplir la ley. Una idea revolucionaria para un servidor público en la lógica de nuestro inigualable Forn. Pero ahí estaba el mayor Trapero para cumplir órdenes, eso sí, de los secesionistas.

Lo del valor y las ganas de sacrificarse por la independencia se le suponía... solo a ratos, porque fue de los primeros en ir a hartarse de mejillones a Bélgica, de la mano de otro gran valiente, Carles Puigdemont. No dijo palabra a nadie y aquí dejó tirados a sus compañeros.

Luego volvió cuando sus abogados le aconsejaron que diera la cara, disfrutara durante unos días de la pensión carcelaria del malvado Estado español y, finalmente, a lo Forcadell, dijera lo de la DUI simbólica, y pelillos a la mar.

Sin embargo, al ínclito Forn le salió el tiro por la culata. Resulta que el juez Pablo Llarena no era la hermanita de la caridad que Joaquim había soñado y le ha cortado un traje a la medida: Forn fue el responsable último de la premeditada orden de contemporización de los Mossos el día del referéndum ilegal.

Es decir, aunque haya intentado camuflarse como uno más entre los hermanos mártires Turull, Rull, Romeva y Mundó, no ha colado, porque tuvo en sus manos evitar el golpe y no lo hizo. Es más, ordenó a los agentes catalanes que actuaran como si fueran unas elecciones legales. Un criterio procesal intachable.

Malas noticias para el entrañable Joaquim. Pero no hay mal que por bien no venga: ahora tendrá más tiempo para recordar en prisión aquellos románticos días de 2000 cuando se rompió un brazo en la protesta contra la celebración de las Fuerzas Armadas. Qué tiempos aquellos...