Opinión

ES bien sabido que el nacionalismo es irracional. Es un movimiento romántico basado en los sentimientos y éstos pueden estar influidos por el raciocinio, pero no siempre lo están. Dos millones de personas votaron por partidos secesionistas a pesar de saber que apoyaban a unos mentirosos. Poco les importó.

Unos mentirosos que les habían augurado el inmediato reconocimiento internacional de su independencia, que no les dio ni Somalilandia. Unos mendaces que auguraron que de Cataluña no se iría ni una empresa y ya lo han hecho más de tres mil. Y podemos continuar el enunciado de imposturas, pero eso da igual.

Porque, como vimos en el Reino Unido, cuando se intentaba argumentar de forma racional y se explicaban al electorado las graves consecuencias que tendría el Brexit para la economía, la respuesta era sentimental:

«De eso ya nos ocuparemos cuando llegue el momento».

Por eso me produce cierta melancolía la genial idea de promover la secesión de Tabarnia. Es absolutamente maravillosa porque implica poner a los independentistas ante sus propias trampas y contradicciones.

El argumento es, en teoría, perfecto. Si los secesionistas reivindican el «derecho a decidir», ¿cómo pueden pretender negárselo a parte de los ciudadanos para los que lo están reivindicando?

Y aquí no hay mentiras. Aquí sólo hay ingenio. La mentira es omnipresente en el discurso secesionista a la hora de contar la historia de esas tierras.

Una mentira que se va extendiendo y el catalanismo intoxica con ella las tierras de la Comunidad Valenciana y las Islas Baleares, donde se puede oír a un sacerdote decir en su homilía que fueron los catalanes los que llevaron el cristianismo a Mallorca, cuando es bien sabido que fue el Reino de Aragón.

Y uno ya no sabe si se trata de curas iletrados o mentirosos. Y tampoco estoy muy seguro de qué es peor. Pero en Tabarnia no hay mentira histórica ninguna. Hay una constatación de unos hechos y una realidad de votos que se ha manifestado con toda nitidez en las urnas el 21 de diciembre.

La invención de Tabarnia aparece en un momento en que el secesionismo, victorioso en número de escaños, está seriamente enfrentado. La pretensión de emplear su mayoría absoluta para alterar el reglamento es peligrosa porque esta gente es muy capaz de hacerlo.

Ningún reglamento les ha constreñido en el pasado. Ellos el respeto por la ley sólo se lo exigen a los promotores de Tabarnia cuando los que están violando la Constitución Española dicen que no se puede violar es Estatuto de Autonomía de Cataluña. Ellos alterarían el reglamento de la cámara y permitirían intervenir, votar y elegir a Puigdemont por vídeo-conferencia.

Les de igual lo que diga ahora ese reglamento. El problema radica en que la aplicación -no tan fracasada- del artículo 155 de la Constitución ha supuesto un cruce de navajas entre los secesionistas. Y desde la misma noche de las elecciones hemos visto a ERC con un discurso bastante coherente.

Reivindican la restitución del anterior gobierno. Ellos sí quieren pedir cuentas de sus mentiras a Puigdemont. ¿No dice que han ganado las elecciones?

Pues que cumpla su palabra y venga a pasar por prisión. Y mientras él se está un rato a la sombra, tendrá que ser Junqueras, el vicepresidente, el que sea presidente. La «lógica democrática» es perfecta.

Con este tipo de pelea, las posibilidades de que los secesionistas se pongan de acuerdo para hacer trampas una vez más y cambiar las reglas de juego en pleno partido son escasas. Pero lo que es indudable es que esto, con perdón por ser tan políticamente incorrecto, se parece mucho a lo que toda la vida se llamó una merienda de negros.