Opinión

En la verbena de marcianos que son las tertulias de televisión, se ha impuesto la tesis de que Tabarnia es un juego ingenioso y se etiqueta la iniciativa como ‘broma'.

Error. La idea de promover la secesión de las dos provincias donde Ciudadanos se impuso y el deseo de ser catalanes y españoles bulle mayoritario, es genial.

Para empezar, porque obliga a los fanáticos independentistas a lidiar con sus propias trampas y contradicciones.

El argumento de los tabarneses es perfecto. Si los secesionistas esgrimen el ‘derecho a decidir' de los habitantes de una región de España, ¿cómo pueden negárselo a una parte sustancial de los ciudadanos de esa región si reivindican lo mismo?

Para algunos suena a coña, pero como me he hartado de repetir en estas páginas, ese fue el detonador que puso en marcha hace menos de tres décadas la carnicería de los Balcanes.

Y no ocurrió en Marte o en un continente lejano poblado por gentes de piel oscura, ojos rasgados o culturas exotéricas. Sucedió a un día en coche de Barcelona, a dos horas de vuelo en avión desde el Aeropuerto del Prat, en el país que se ponía en la universidades españolas como un ejemplo de sensatez y flexibilidad frente a sus correligionarios del caduco Bloque Comunista y entre gentes de piel blanca, que se santiguaban como nosotros o parecido, tenían premios Nobel en Literatura que habíamos leído y generaban los mejores tenistas, futbolistas y baloncestistas del Planeta.

Fue el nacionalismo identitario, el mismo sentimiento que impulsan alocadamente los Puigdemont, Guardiola, Junqueras, Rahola o Llach y aplaude TV3, lo que tapizó de cadáveres Yugoslavia y abrió heridas que supuran 25 años después.

Y en Croacia, que fue donde el fenómeno surgió primero y cristalizó más brutal, bastó que el 10% de la población -los 400.000 yugoslavos de origen serbio que habitaban en las krajinas- se negará a acompañar hacía la soberanía a los 4 millones de croatas que habían celebrado y ganado un referéndum ilegal. Se limitaron a exigir los serbocroatas el mismo ‘derecho de autodeterminación' que esgrimían los políticos de Zagreb.

Tabarnia es importante no sólo porque pone a los independentistas ante el espejo, aunque ahí hay poco que rascar porque el velo de sentimentalismo hace literalmente imposible que los independentistas vean más allá de sus narices.

Es clave, sobre todo, porque con mucha antelación, sin estridencias, gritos o amenazas, permite imaginar el espanto el que nos metería esta panda de tarados si se saliera con la suya.

¡Viva Tabarnia libre y española!

ALFONSO ROJO