Opinión
Pablo Iglesias ya no marca la agenda política y es el líder con peor nota entre sus votantes

Acaba un 2017 especialmente convulso y complejo para Podemos. Posiblemente el año más errático desde su fulgurante irrupción en mayo de 2014.

Doce meses que han estado marcados por la fuerte división interna, las purgas de los discrepantes con Pablo Iglesias, la notoria pérdida de influencia en la agenda política y, como remate final, ha quedado atrapado y perdido dentro del laberinto de Cataluña.

Como consecuencia de todo lo anterior, el partido que lidera Pablo Iglesias se ha desplomado en intención de voto y aun más alarmantes son los índices secundarios que prevén una caída mayor en el futuro.

Su fidelización de voto está en unos baremos muy bajos -sólo el 60% de sus votantes están decididos a volver a votarles- y la figura de Iglesias está peor valorada por los suyos que los otros líderes políticos entre sus fieles. Este dato es especialmente significativo porque Podemos se ha basado en gran medida en el hiperliderazgo de Iglesias.

Ahora la marca Iglesias está más devaluada. Sus propios votantes le puntuaban a finales de 2016 con un 6,63 pero hoy ha caído hasta el 5,75. Lejos de sus rivales políticos, que tienen más predicamento entre los suyos (ver apoyo). En cambio, esos mismos votantes de Unidos Podemos valoran mucho más a Alberto Garzón (6,50), que no acusa tanto el desgaste como Iglesias.

Todo ello ha dado aire al PSOE que, entre la muerte y la resurrección de Pedro Sánchez, vio cómo Podemos se le ponía por delante. Hoy pocos recuerdan que los morados arrancaron el 2017 tres puntos por encima de los socialistas, según el barómetro de enero del CIS. Y lo acaban unos 5,7 puntos por debajo.

Está instalada la percepción en las calles y también en las filas de Podemos de que se han ido desconectando. Por eso, hay quien hace una lectura pesimista sobre el futuro porque los intentos de Iglesias por recuperar la iniciativa y reengancharse no están teniendo resultados. Y la crisis en Cataluña, en este sentido, ha supuesto un golpe demoledor que ha empeorado todo.

La pérdida de influencia para marcar la agenda ha sido notable. Una capacidad que precisamente definió la primera etapa de Podemos y que asombró a todos sus rivales políticos.

¿Cómo un partido sin estar en el Congreso era capaz de situar el marco y los términos de la discusión en los temas?, se preguntaban PP, PSOE y los analistas.

«Antes los golpes de efecto nos duraban una semana. Hoy en cambio apenas nos duran unas horas, si llega», lamenta un dirigente del partido.

Y cuando esos golpes han tenido más proyección en el tiempo, como pasó con el Tramabús, no necesariamente han sido con el resultado buscado. Cayó mal y recibió críticas desde dentro.

Siendo conscientes de que mantener la frescura en la laboriosa y árida tarea institucional es algo imposible de pedir, lo que preocupa es el «envejecimiento» prematuro de una formación que abanderaba lo nuevo y el perderse en la superficialidad.

A eso, hay que sumar el «bandazo» estratégico adoptado en el último año. Pasando a ser un partido más atrincherado en el margen izquierdo del tablero político que en un partido con vocación de mantener el eje transversal y menos ideologizado en su acción.

Así, Podemos ha abrazado definitivamente un izquierdismo más cercano a IU y parte de sus temas tradicionales -la ofensiva contra el Rey es posiblemente el ejemplo más paradigmático-. Y la protesta como acción primordial.

Las encuestas sitúan el inicio del castigo a Podemos, fundamentalmente, tras el cambio de rumbo en el segundo congreso nacional del partido, el llamado Vistalegre II. Los electores parecen ser mucho menos indulgentes que los militantes con el resultado y con lo que la clara victoria de Pablo Iglesias sobre Íñigo Errejón (50,7% de los votos frente al 33,68% de quien fue su segundo) ha terminado por desencadenar.

Las bases optaron por un Podemos menos transversal y más escorado a la izquierda, más apegado a las protestas que a las instituciones y más a la ofensiva contra el PSOE que colaboracionista.

La consecuencia interna fue que Errejón y sus seguidores fueron purgados por Iglesias de los principales cargos de responsabilidad -que eran muchos y de gran relevancia-. Los errejonistas se vieron apartados de la política nacional para ser arrinconados en la madrileña, donde hoy en día tienen su radio de acción.

También Carolina Bescansa fue apartada, dejando la desoladora imagen de que, de los cinco fundadores de Podemos, sólo Juan Carlos Monedero permanece al lado de Iglesias ya.

Unos meses después, el CIS de abril reflejó una primera caída de dos puntos por parte de Podemos (del 21,7% al 19,7%) y el inicio de la recuperación socialista. De octubre de 2016 a octubre de 2017, Podemos ha pasado de tener una ventaja de 4,8 puntos sobre el PSOE, a mirar a su rival a 5,7 (24,2% frente a 18,5). Además, Ciudadanos, que en octubre de 2016 se encontraba a nueve puntos, el pasado octubre se colocaba a sólo un punto.

Golpes de efecto

Uno de los golpes ideados por Iglesias para recuperar la iniciativa fue la moción de censura contra Mariano Rajoy. Pero al plantearla en medio de las primarias del PSOE para elegir secretario general se vio y fue denunciada por los socialistas como un intento de condicionar su elección.

Hasta Compromíspidió sin éxito a Podemos que retrasara el debate para poder sumar a los socialistas y hacer viable la moción, dado que sin el PSOE no había ninguna manera de desplazar al PP.

Iglesias continuó y salió airoso de aquel reto, pero se encontró otro problema. El triunfo de Sánchez dio al traste con su hoja de ruta en Vistalegre: hostigar al PSOE como parte de la «triple alianza» con PP y Ciudadanos. Eso llevó a Podemos a intentar reinventar su posición en un nuevo bandazo discursivo, pasando de enemigos a aspirante de socios. Y cuando se abría ese camino, llegó Cataluña y lo tumbó todo.

Podemos decidió jugársela al papel ambiguo de Ada Colau, fotografiarse más con los independentistas en manifestaciones que defender la aplicación de la Constitución, infravalorar la gravedad de los pasos de Puigdemont o dar la batalla contra la aplicación del 155.

En definitiva, entró en una espiral que Bescansa definió de manera amarga:

«Hay que hablar más a los españoles y no sólo a los independentistas».

Reflexión compartida de puertas adentro en muchas comunidades donde trataron de lanzar su propio mensaje ante la incomprensión de su electorado.

En paralelo, Podemos Cataluña tomó su propio camino contradiciendo a Madrid para acercarse a ERC y la CUP. Lo que llevó a Iglesias a intervenir su federación catalana. El líder de Podem, Albano Dante Fachin, acabó dimitiendo, forzado por la dirección nacional y denunció la aplicación por parte de Iglesias de su particular «artículo 155».

Antes de eso, los diputados catalanes de Podemos habían participado en la votación del Parlament que proclamó la república, en la que algunos escondieron su voto (no todos votaron en contra). Y días después, la corriente de Anticapitalistas daba reconocimiento a la nueva república catalana, abriendo otra grave crisis interna.

El resultado de hipotecar todo el proyecto nacional a la cuestión de Cataluña ha dejado silencio. Porque ni siquiera lo han entendido sus propios votantes catalanes.

Con un partido más armado y un candidato solvente y muy bien valorado, el resultado ha sido de tres escaños menos. Un serio aviso sobre el que Pablo Iglesias no ha dado explicaciones públicas.