Opinión
Antonio Sánchez Cervera.

Existe, en muchos sectores de la sociedad europea y norteamericana, la creencia, la opinión de un feminismo que asume la inquina, cuando no el odio, hacia los hombres e incluso hacia la sexualidad. Sin embargo, el feminismo verdadero no es aquel que se arropa en un puritanismo caduco y trasnochado, sumamente ficticio, de estrellas del celuloide, del mundo de los medios de comunicación y de la vida política en general.

La violación es un crimen, venga de quien venga. Cuando un hombre viola sexualmente a una mujer y viceversa, se está horadando sin límites la libertad sexual de una persona. Cuando la violación se produce en el ámbito de la mente y del espíritu de alguien, se está dañando con alevosía el don preciado de la intimidad anímica, intelectual. Cuando una mujer se obsesiona por un hombre y viceversa hasta lo irracional, sin mesura alguna, está violando también la libertad sexual de esa persona.

La galantería de un hombre hacia una mujer en términos de educación y cortesía social, no solo no atenta contra el feminismo en puridad sino que además no tiene por qué tener connotación sexual alguna. Sï pudiera ser una agresión feminista, por ejemplo, cuando la atracción no es recíproca y la mujer intimida al hombre en un intento de seducirle para conseguir sus objetivos de toda índole.

Así las cosas, en un Estado de Derecho de cualquier país de nuestro entorno occidental, la igualdad de las personas, hombres y mujeres, reconocida constitucionalmente, no debe erigirse, bajo el paraguas simplista de una izquierda mal llamada progresista o de un colectivo de mujeres que se arropa con la bandera de un feminismo tan falso como el machismo que achacan a los hombres en general, en la antorcha permanente , cansina, de una campaña de delaciones generalistas hacia la condición masculina, cuando en verdad, en muchas ocasiones, es un tipo de mujer la que se angustia de no existir sin la mirada y el deseo de los hombres.

Procúrese en las sociedades de las que hablamos, desde los ámbitos políticos y de oposición, desde el mundo empresarial y sindical de representación, que los pactos y consensos de Estado, que los convenios colectivos, vayan reflejando al fin la cortesía laboral de que el salario de una mujer sea igual al de un hombre, petición, derecho, más que justificado necesariamente.

Si la pornografía puede que cosifique o no al hombre y a la mujer, no está de más pensar que no se puede desatar una campaña en Europa y en los Estados Unidos, justificada a todas luces en otros países y continentes, en la que se fomente y hasta se justifique que el hombre agrede sexualmente a la mujer por razón de su naturaleza misma de macho, de animal. Creemos que es una enorme burrada.

La causa, la razón de la mujer está en ella misma, no en el hombre. No puede, ni debe construir o mantener su feminismo a costa del machismo agresor que por desgracia existe en determinados hombres. La lucha por su autonomía, que es la de todos en una sociedad civilizada, no se consigue enarbolando el estandarte del puritanismo más aparente que real, sino dejando que el hombre con su cortesía sea un caballero y ella misma una dama sin el infantilismo torpe, retrógrado, de una etapa ya lejana y remoralizada del sexo.

A la postre, las personas, mujeres y hombres, tampoco pueden ir a la hoguera inquisitorial de las vanidades y de las ambiciones, por el contenido, íntimo, benigno, respetuoso, de sus fantasías que son de cada uno y de nadie más.

Demonicemos la violencia de género cualquier que sea su origen y lamentables resultados. No hagamos de la galantería amable de un hombre hacia una mujer que deje de ser una forma elegante de seducción y delicadeza, ni se asocie por mentes malsanas a segundas intenciones, ni se considere ridículamente como machistas a hombres que, por ejemplo, ceden el paso ante una puerta a las mujeres.

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