Opinión
Marta Rovira y Oriol Junqueras (ERC). EF

Marta Rovira tiene su agenda al margen de Oriol Junqueras y más que cuidarle el gallinero mientras está en la cárcel está tratando de apoderarse de él.

La filtración de que había pactado con el forajido de Bruselas no sólo la composición de la Mesa del Parlament sino su propia investidura, fue inmediatamente desmentida por Esquerra cuando la Agencia Efe se hizo eco de ella.

Pero que el desmentido no implicaba que la noticia fuera falsa sino que Esquerra se veía en la obligación de desautorizar a Marta Rovira por el acuerdo de investidura al que efectivamente había llegado con el presidente depuesto.

Fuentes de Junts per Cataluña aseguran que existe incluso un documento escrito con el compromiso pero que no lo filtran para no acabar de «encabronar a Esquerra, que suficiente rabiosos están con que les ganáramos las elecciones cuando estaban convencidos de que por fin nos tenían arrinconados».

Las mismas fuentes explican que Rovira se habría comprometido a retorcer el reglamento del Parlament pese a los informes de los letrados del partido y de los servicios jurídicos de ERC para hacer posible la investidura telemática, y a votar a continuación a Puigdemont.

Es cierto que tras los gritos de «botifler» que Rovira le dedicó a Puigdemont en los pasillos del palacio de la Generalitat el día en que Puigdemont anunció su intención de convocar elecciones autonómicas, ambos han mejorado mucho su relación personal y Rovira, en su pretensión de tomar las riendas del partido, y de insistir en la unilateralidad y en la «implementación de la república» ve en Puigdemont al líder que le hace falta para continuar en la confrontación abierta y directa con el Estado.

La secretaria general de Esquerra hace meses que había comentado a sus colaboradores más cercanos y periodistas de más confianza la cierta decepción que Junqueras le ha causado por su pasividad y los pocos o nulos preparativos que había concretado para poder declarar en condiciones la independencia.

Ahora, aprovechando que su líder natural está en la cárcel -y que desde ella, tanto en sus recursos judiciales como en sus declaraciones, ha expresado su deseo de regresar a la normalidad legal- ha intentado dar un golpe de timón a la estrategia de Esquerra, pactando con Puigdemont un nuevo desafío total al Estado.

No es la estrategia de Esquerra, que pasa por renunciar a cualquier nueva intentona para la independencia y salvar los muebles tanto personales -los de los miembros del partido que están inmersos en procesos judiciales- como políticos, tratando de asegurar la presidencia de Junqueras.

De momento, los fieles a Junqueras han podido parar el golpe con su rotundo desmentido, y han podido también ahorrarse el espectáculo de las discrepancias internas tendidas al sol de los tiempos en que Esquerra era un guirigay y nadie podía imponer su autoridad.

Rovira tiene su cargo y el poder que le otorga, pero como sus propios compañeros de partido y los españoles en general pudieron comprobar durante la campaña electoral del pasado mes de diciembre, su perfil político es mediocre, por no decir muy bajo, y tuvieron que «esconderla» para que no hiciera el ridículo en los debates como lo hizo en el cara a cara con Inés Arrimadas.

Junqueras continúa mandando desde la cárcel a pesar de todas las lógicas dificultades que esta situación implica, y aunque sus hombres de confianza son a veces marginados por el reducido (y tan poco hábil como ella) equipo de Rovira, tienen recursos suficientes para, de momento, mantener al partido allí donde su presidente lo quiere: y Junqueras no está dispuesto a permitirle a Puigdemont que sea presidente de la Generalitat si no regresa a España, que fue su única promesa electoral, en nombre de la cual se permitió insultar a los republicanos asegurando que votar a cualquier candidato que no fuera él era «votar 155».

Por causa de sus gritos y de sus acusaciones de traición a cualquiera que osara llevarle la contraria o partir del realismo en sus planteamientos políticos, medio Govern está fugado en Bruselas con la amenaza de ser detenido si vuelven a España y otros directamente en la cárcel.

Pero Marta Rovira continúa gritando, sin la menor consideración por la situación de Oriol Junqueras, su presidente y mentor, y sin asumir ninguna responsabilidad que pueda suponerle el menor riesgo: el próximo presidente del Parlament, cuyo reglamento Rovira pretende ya de entrada forzar, será con toda probabilidad el hermano Ernest del expresidente de la Generalitat, Pasqual Maragall.