Opinión
Carme Forcadell. EF

DE entre los consejos que Vito dio a Michael durante su periodo de aprendizaje, y que tanto nos sirven para manejar nuestra propia cotidianidad familiar, hoy destacamos ése según el cual es necesario formular sólo las amenazas que uno esté dispuesto a cumplir: nada hay más devastador para la reputación de un profesional de la intimidación que una amenaza incumplida. En ciertos juegos, no se debe ir de farol.

Este periódico titulaba ayer en portada con una palabra que, colocada entre puntos de exclamación, podría servir para una película de aventuras africanas -«¡Hatari!»- protagonizada por John Wayne: «¡Desbandada!».

En las actualidad, sólo el chándal fosforescente nos permite distinguir un «runner» de un prócer del independentismo. En estas ocasiones, siempre me viene a la mente la feliz metáfora del novelista Eduardo Saccheri que, para describir la dispersión de una pandilla de jóvenes atorrantes en el preciso momento en que compareció la Policía, escribió que parecían «cucarachas al prenderse la luz».

Estaría tentado de volver a reprochar al independentismo la estafa personal que nos hicieron al no cumplir la promesa de aderezar nuestras carreras de cronistas con un Maidán en Barcelona.

Casi siento vergüenza al recordar ahora la cena entre amigos en la que nos hicimos el chiste de proponernos cubrir la guerra urbana, en cuanto empezaran a entrar tanques por Diagonal, concentrados todos en un mismo hotel y con cascos de Vespa en los que fuera visible la palabra «Press».

Era cuando los indepes hacían alarde de disposición al sacrificio, cuando iban a entregar en el altar de la patria sus vidas y sus haciendas, cuando las cosas aún no habían derivado a un festival autoparódico que postergará la independencia dos o tres generaciones más a poco que las hordas mesiánicas conserven un ápice de sentido del ridículo. Que está por ver.

Más allá de esta estafa que nos obliga a rebuscar de nuevo sucedáneos de argumentos épicos en el «fúrgol» -falsas pasiones con las que ejercitarse-, y más allá, también, de que la amenaza que se dejaron sin cumplir arruinó para siempre la reputación de estos profesionales de la intimidación -feroces cuperos incluidos pese a tanto nudillo tatuado-, en realidad supone un alivio encontrar a semejantes autómatas ideológicos el más primario de los rasgos humanos: el instinto de conservación.

Durante los años de plomo, ETA, una banda terrorista que inoculaba disposición ideológica a asesinar en un territorio próspero y libre, refutó el tópico marxista de que sólo el hambre engendra violencia.

Los burguesotes del independentismo, con su estómago incapaz de soportar el rancho carcelario, con su aversión real al sacrificio de vidas y haciendas, con sus propias falsas pasiones pensadas sólo para ejercitarse, han devuelto prestigio a este axioma.

Sobrados de ideología, les faltó hambre para la violencia y para desafíos al Estado con fuego real. Pase lo que pase, esto ya lo sabemos.