Opinión
Mariano Rajoy presidente del Gobierno español. EF
El Gobierno de Rajoy ha solventado cuatro de las mayores crisis que ha padecido España en democracia y, aun así, el partido que lo sustenta atraviesa serios problemas

En La Moncloa, y más concretamente en el entorno próximo a Mariano Rajoy, se respira en las últimas horas con alivio. Tras los mensajes desvelados de Carles Puigdemont, el núcleo duro del presidente comienza a ver luz al final del túnel de la gravísima crisis de Cataluña.

Paralelamente, el PP empieza a trabajar en la preparación de la complicada triple cita de 2019, con elecciones autonómicas, municipales y europeas. Sin descartarse que en Cataluña puedan repetirse las elecciones este mismo año.

De ahí que no sea raro ver estos días a algunos de los estrategas de Génova echar la vista atrás. Exactamente a 2011. Cuando Rajoy llegó al Gobierno. Con una España herida de muerte por cuatro crisis solapadas: la económica, la social, la institucional y la territorial. Al menos tres de ellas han sido reconducidas y son ya parte de la historia que se estudiará en los libros.

En octubre de aquel 2011, la prima de riesgo alcanzó los 333 puntos, el déficit público el 9,64% del PIB (103.000 millones de euros) con una deuda pública que alcanzó los 743.530 millones. Nadie dudaba entonces de que España estaba en bancarrota e iba a ser intervenida por la Unión Europea. Esto en la economía. Y en el ámbito social, el desempleo se disparaba hasta superar la cifra dramática de los 5 millones de parados. Es decir, como me recuerdan fuentes gubernamentales, "el paciente España agonizaba, en coma".

Ahora, ni siete años después, la prima está bajo el umbral de los 80 puntos, el déficit se ha reducido en 2016 al 4.5% y el paro está por debajo de los 3,5 millones. Si en 2011 se destruían cada día 5.000 puestos de trabajo, hoy se crean 2.000 diarios. España es puesta en Europa como ejemplo de recuperación y crecimiento económico.

Este pasado martes el Rey Felipe VI conmemoraba su 50º cumpleaños en unos niveles sobresalientes de valoración por los españoles, según todas las encuestas. Su histórico discurso sobre Cataluña el 3 de octubre fue su particular 23-F. Nadie duda de que en sus tres años de reinado ha revitalizado la imagen de la Jefatura del Estado.

Pero ¿recuerdan la pesadilla que vivía la Corona cuando Rajoy llegó a la Presidencia? El "tropezón" real del 13 de abril de 2012 durante una cacería de elefantes en Botswana y el affaire Corinna, unidos a las revelaciones del caso Noós o caso Urdangarín, hicieron que el Rey Juan Carlos tocase fondo. Al Gobierno de Rajoy le tocó pilotar -ahora se recuerda en los documentales con motivo de la onomástica de su hijo- una transición ejemplar que acabó con la abdicación del primero y la proclamación del actual jefe del Estado.

De esta triple crisis económica, social e institucional España ha salido con buena nota. Así lo reflejan todos los índices contrastados. Es el país que más crece y más empleo crea hoy en la Unión Europea. Y el Rey Felipe VI ha logrado llevar a la institución a lo más alto en la valoración de los españoles. Y del resto del mundo, como se ha comprobado esta pasada semana en la prestigiosa cita de Davos.

La cuarta crisis, la territorial, avivada en los años de José Luis Rodríguez Zapatero con su irresponsable apuesta por la reforma del Estatut que avalaba ERC (¿recuerdan aquello de "Apoyaremos cualquier cosa que venga del Parlament"?), también parece haber encontrado en esta última semana la vía de salida.

Por más que serán necesarios años para cerrar la brecha social abierta en Cataluña, la arriesgada estrategia de Rajoy de llevar al Constitucional la investidura de Puigdemont se ha mostrado todo un éxito. Éxito, por cierto, oficializado por el propio expresidente fugado. Seguramente estamos ante un punto y aparte.

Ciertamente, Cataluña ha vivido momentos convulsos, peligrosos diría: incluso se ha declarado allí la República independiente. Pero inmediatamente, como respuesta a ese sinsentido, la aplicación por el Gobierno del artículo 155 de la Constitución permitió restablecer la ley. Ahora los independentistas saben que hay líneas que el Estado español no les permite cruzar.

Tampoco es desdeñable que, por primera vez el 21-D, no ganase las elecciones autonómicas una candidatura nacionalista, y un partido como Ciudadanos sea la primera fuerza política en votos y escaños. De hecho, el apoyo a la secesión de Cataluña desciende en todos los barómetros sociológicos publicados en los últimos días.

Pues bien, con este escenario, el PP afronta en año y medio unas elecciones de incierto resultado, acechado por C's y desangrado por casos de corrupción que, siendo del pasado sus protagonistas y aunque hayan sido expulsados hace tiempo del partido, siguen apareciendo una y otra vez como fantasmas presentes.

Es por ello que, ahora que los estrategas electorales de Rajoy comienzan a preparar sus borradores y perfilar listas y candidatos, en La Moncloa una pregunta se repite con angustia de boca en boca:

"¿Qué nos ha pasado?".

El reconocimiento internacional a la gestión de Rajoy y su Gobierno, unánime más allá de familias ideológicas, desde luego no ha calado dentro. Y todos miran otra vez a la política de comunicación y al perfil de los equipos que Rajoy eligió tras lograr por fin ser investido en octubre de 2016. O sea: la misma cantinela de siempre, al parecer sin solución.

Un sector creciente del PP, liderado por los barones con mayor proyección -como Feijóo o Cifuentes-, reclama más política y menos tecnocracia. Nada nuevo. Defender lo hecho en las instituciones mediante la acción política. Y comunicar los éxitos logrados, por más que el panorama mediático actual no favorezca al Partido Popular. De hecho, algunos de los medios que han sido referencia de sus votantes o bien han desaparecido o bien se han convertido en irrelevantes, víctimas de la propia incomprensión gubernamental, o, incluso, han sido desmantelados. Mientras, los que se esfuerzan por atacar al Gobierno reciben cada día la bendición de algunos despachos monclovitas. Así de "incauto" es el centro derecha político.

Esquilmar a las clases medias

Tampoco es un asunto menor cómo desde el Ministerio de Hacienda se ha esquilmado a las clases medias españolas y se ha perseguido y maltratado a sus profesionales. El Gobierno ha sido muy antipático con sus clásicos nichos de votantes.

Con este panorama, y con Albert Rivera como "peligroso" líder emergente, afronta Rajoy sus retos electorales próximos. El centro derecha está dividido, sin duda. Y confuso. De ahí que ahora muchos mandatarios populares pidan echar la vista atrás. A la España de 2011, aquella España que estaba en coma, sí, pero ilusionada con un PP que acababa de ganar por mayoría absoluta.

Ya se sabe: "De Santa Bárbara sólo nos acordamos cuando truena".