Opinión
Gary Cooper. EP

EL gran periodista italiano Eugenio Scalfari, en su día fundador y director de «La Repubblica», tiene 93 años y no hace demasiado todavía se anotó un tanto al entrevistar al Papa.

En el verano de 1996 conversó para su periódico con dos colosos de la escena italiana del siglo XX, Vittorio Gassman, entonces de 74 años, y Marcello Mastroianni, de 72. Es una entrevista extraordinaria, que siempre se relee con encanto y aprendizaje, porque los dos actorazos acumulan los nutrientes de la experiencia y saben aprovechar uno de los escasos privilegios de la vejez: decir lo que te da la gana.

El entrevistador se acerca al oficio actoral con la devoción respetuosa de un admirador. En un momento dado, pregunta a Gassman qué efecto le hizo meterse en su último rol, el de un anciano iracundo y solitario.

La respuesta del actor es antológica: «Ningún efecto en especial. Mire, para un actor el papel es parte de su oficio, entras en él y luego sales con naturalidad». Mastroianni aplaude el apunte de su amigo y colega:

«Muy bien dicho, Vittorio. Esa historia de vivir el personaje a fondo se ha convertido en un chanchullo para ganar dinero. Yo estudio el guión un par de días, recito mi parte y se acabó».

Gassman continúa desmitificando: «Le parecerá raro -explica al entrevistador-, pero un actor es como una caja vacía, y cuando más vacía, mejor. El actor no debe ser especialmente culto y ni siquiera inteligente».

Los dos viejos leones se acuerdan entonces de una enorme actriz napolitana, Rina Morelli, musa del esteta Visconti.

«La Morelli era perfecta, finísima, nunca un tono o un registro equivocado. ¿Y cómo era la Morelli fuera del trabajo? Díselo tú, Vittorio».

Gassman responde inclemente: «Una cretina, una caja vacía, como todos nosotros».

Supongo que exageraban, que habrá actores de inteligencia acerada y cultura ancha (véase a Dirk Bogarde, un excelente escritor, o al propio Gassman). Pero su desmitificación del oficio actoral resulta esclarecedora.

Desde que arrancó este siglo, los actores españoles ha utilizado su gala de los Goya para arreglar el vertido del «Prestige», parar la guerra de Irak, detener los ajustes de la crisis, acabar con los desahucios... Este año, en una copia papanatas de lo que dicta Hollywood, han decidido rescatar a las mujeres.

En la gala del sábado, tan honorables esfuerzos contrastaron penosamente con las paupérrimas prestaciones de todos estos pensadores a la hora de ejercer su oficio, que no va de arreglar el mundo, sino de interpretar un papel.

Reiteradamente daban vergüenza ajena las mañas ortopédicas y torpes con que intentaban sacar adelante los chistes -también malos- de los guionistas de la gala. Resultado: una plomada de tres horas, que obtuvo la menor audiencia en los Goya en diez años.

Aprendan a vocalizar mejor y con naturalidad, compongan papeles inolvidables, hagan grandes películas y series... y por favor, dejen de dar la turra. Remato citando otra vez al dios Gassman:

«Gary Cooper, de jovencito, miraba fijamente al vacío, en silencio. Su madre le preguntó: "¿En qué piensas?".

Contestó: "Absolutamente en nada".

Y la madre: "Entonces serás un buen actor"».