Opinión
Antonio Sánchez Cervera.

En política, España, como cualquier otro país de democracia clásica u occidental, necesita tener un líder que aglutine la unidad de la Nación, que transmita confianza sin recurrir a la confusión de mirar hacia otro lado, que vigile estrechamente la corrupción tan proclive a darse, a la más mínima ocasión, en los asuntos de la cosa pública en íntimo contubernio con la ambiciosa esfera privada.

En la historia democrática de Occidente surge siempre, de una u otra forma, el líder que ilusiona con un discurso antipopulista pero de reforma sustancial respecto a lo que el ciudadano espera del que gobierna o está en la oposición. Se dice entonces que ese líder político escucha a la ciudadanía.

Ese líder huye del sectarismo y busca el equilibrio en el centro de la escena política para defender fundamentalmente la democracia antes de que el populismo y/o el nacionalismo acabe con ella o la prostituya con falaz demagogia y aprovechado interés insolidario.

Cuando el 23 de enero de 2013 Albert Rivera intervino en la sesión plenaria sobre la soberanía nacional en el Parlamento de Cataluña, nació un líder que hablaba de política sin ofender, sin aspavientos, con coherencia y lógica, con elegancia y sensatez. Parecía el Kennedy español en defensa de la democracia. Fue un día grande en defensa de la democracia.

Ese día, se empezó a frenar en Cataluña el avance del nacionalismo a ultranza, el desbordamiento de las minorías cantonales de nuestro país, groseramente permitido y a veces hasta avalado por Gobierno y partido en la oposición con el andamiaje del pacto secreto del temor y del chantaje.

Inés Arrimadas, brillantísima lideresa política, ha sido como la avanzadilla de los nuevos tiempos políticos que se avecinan. Rivera aspira por derecho propio a jugar un papel esencial en España, fundamentalmente porque necesitamos profundas reformas en lo político porque de lo contrario el pasado vuelve en forma de un nacionalismo muy dictatorial y apoyado por los defensores de un populismo muchas veces bufonero que rompe y aísla los verdaderos sentimientos de nuestra Nación.

Habrá un trasvase profundo y cuantioso de votos del PP y del PSOE al partido de Ciudadanos e incluso más de lo que se piensa desde los que fueron electores de Podemos.

El PP tuvo una mayoría gloriosa para haber emprendido las reformas tan necesarias, sobre todo la reforma electoral para que las minorías no dominen en última instancia a las mayorías, no maniaten a España. Respecto a la corrupción, se siguió aquella política de la tolerancia inspirada en el lema "laisser faire, laisser passer" (dejar hacer, dejar pasar). Parecía algo así como que la corrupción circulara por el cuerpo del partido del mismo modo que la sangre por el cuerpo humano. No se hizo y se está pagando un más que alto precio, por ejemplo, con los independentistas.

El PSOE ya tiene su programa socialista más que desarrollado en nuestro país por lo que respecta a la universalidad de la medicina y la educación, fines sociales de su fundación. Quedaría en su programa el mantenimiento de los objetivos de su nacimiento.
Para Rivera y sus gentes, será esencial controlar el cáncer de la corrupción muy dado a que se produzca en nuestro país, vigilar hasta el extremo incansable.

Nuestro sistema político necesita los suficientes cambios y hacer buena por fin, de manera positiva, aquella sentencia de Winston Churchill: "Cada pueblo tiene el gobierno que se merece".