Opinión
Inés Arrimadas con Albert Rivera y la dirección de Ciudadanos (CS). EP

Inés Arrimadas sigue a la espera y así desea mantenerse. En Cs aguardan, dando por hecho que un paso al frente de la lideresa sólo podría echar por tierra el buen momento que viven tras las elecciones del 21-D. En lo que de la formación naranja depende, la prioridad pasa por amarrar el denominado "efecto Arrimadas". Saben que la presión seguirá focalizada en ella para que se someta a una investidura fallida, pero está "decidida a aguantar el chaparrón". Desde el círculo más próximo a la candidata zanjan con esa explicación la posibilidad de que dé algún resultado el toque de corneta decretado por el PP.
 
"El Partido Popular necesita más autocrítica y menos lucha con Cs", ha advertido ya en diversas ocasiones la propia Arrimadas. Ella tiene "a todo el partido detrás" dispuesto a defenderla: un burladero tras el que protegerse para evitar pasar por lo que sería un calvario ("golpearse contra un muro", como lo definen en su entorno) sin recompensa alguna. Y por tanto, no está dispuesta a subirse a la tribuna del parlamento con el único propósito de que "empiece a correr el reloj".
 
Cierto es que "no suma" y carece de los apoyos suficientes, pero también podría reivindicar su victoria en los comicios en votos y escaños, visualizar en la cámara autonómica la existencia de la voz constitucionalista -la de la mitad de la sociedad catalana- y dejar para la historia actas cargadas de defensa del Estado de Derecho, de regeneración y lucha contra la corrupción, de democracia, en suma. Y seguro que los secesionistas tendrían complicado salir ilesos de un trance que indigna cada vez más a un mayor número de españoles. A veces lo de menos es la aritmética, sobre todo cuando manda la política. "Ahora es el tiempo de los soberanistas", recalcan los consultados: "Que se cuezan en su propia salsa" con Carles Puigdemont, "un megalómano" aún en escena que se resiste, como en una jugada de póker, a tirar las cartas.
 
Si bien nada está escrito y podría haber todavía muchas sorpresas en este embrollo, cuando además queda todavía por delante una actuación de los jueces que va a terminar con muchas carreras políticas en Cataluña. Lo que no puede negarse es que los secesionistas tienen muchas posibilidades de convertir en realidad un acuerdo de gobierno. Que haya pacto, aunque a todas luces sería in extremis, tendría una poderosa lógica: que el partido de Oriol Junqueras sacaría peores resultados en una nueva cita con las urnas, engullido por la lista de Puigdemont, y que el soberanismo, en su conjunto, quedaría definitivamente en manos del fugado ex presidente de la Generalidad. El precio del acuerdo entre las partes deberá inequívocamente pasar por su cabeza, aunque nadie quiera asumir públicamente ese cáliz. Pero de lo que no hay que abrigar dudas es respecto a que todas las partes del independentismo andan ya negociando entre bambalinas el reparto del poder
 
¿Y entonces? Albert Rivera está decidido preservar de la erosión a Inés Arrimadas. Con todas sus fuerzas. El impulso otorgado por el último barómetro del CIS aún le reafirma más en esa estrategia, en cuanto lo ve como un punto de inflexión en la percepción que de sus siglas tienen los españoles. Las municipales y autonómicas están cerca y, a sus ojos, ha llegado la hora de dar su salto definitivo: el que le permita mirar de tú a tú a PP y PSOE. La conquista de las grandes plazas, empezando por Madrid, es su prioridad. Y la maquinaria la tiene engrasada para intentar cambiar el panorama político del país.