Opinión
Pablo Iglesias (PODEMOS). EP
Podemos ya no es novedad y se sabe cómo gobierna en Madrid o Barcelona, con mucha mediocridad

Pablo Iglesias es el líder peor valorado de España entre los cuatro que encabezan formaciones nacionales, y su partido cae sin remisión pese a estar en la oposición, un lugar más cómodo para mantenerse o medrar (Ciudadanos amplía su ventaja sobre PP y PSOE y se confirma como partido más votado ).

Éste es el elocuente dictamen del CIS, un sondeo que hace una fotografía del momento, y por tanto no definitiva, pero que prolonga una racha lo suficientemente larga como para considerarse ya estructural (Twitter le recuerda a Monedero con un antológico 'zasca' que la 'portavoza' de Podemos fue elegida también por un coito).

Sacar la peor nota frente a Rivera, Sánchez y Rajoy, pese a que su posición es la más grata de todos ellos al no gobernar ni haberlo hecho nunca sus siglas; ya indica la opinión mayoritaria que la ciudadanía tiene de un líder cuyo meteórico ascenso explica también, probablemente, su estrepitosa caída.

Su discurso rupturista, trufado de demagogia y frentismo; avala rápidos crecimientos en sociedad cansadas por la crisis; pero también se frustra con la misma intensidad cuando se descubren sus trucos o se contrasta, en niveles más bajos de Gobierno, su eficacia (Nuevo barómetro del CIS: Ciudadanos está desatado, supera a Podemos y amenaza a PP-PSOE).

Y Podemos ya lleva gobernando más de dos años en Madrid o Barcelona, entre otras plazas, con resultados bien mediocres que coinciden, además, con una degradación de la vida interna del partido y la subordinación de todas sus estructuras al criterio del líder máximo: las purgas, los conflictos, las divisiones y la desaparición de las bases ayudan a entender la decepción generada por Podemos, de la que Iglesias es su principal estandarte e inductor.

De remate, su insólito posicionamiento con el independentismo, no tanto para ayudarle en la secesión cuanto para legitimar su infumable actitud y sus alocadas pretensiones, acaban por explicar el alejamiento de Podemos y de su secretario general de amplias capas sociales.

Que Iglesias se engañe diciendo que mantienen el tipo tras haberse pronosticado una hecatombe viene a evidenciar su falta de autocrítica y su nula capacidad de reacción: quien hace apenas dos años se conjuraba para asaltar los cielos hoy se encierra en su fuerte, rodeado de fieles, para negarse a aceptar la realidad.

Que no es otra que su falta de idoneidad para encabezar a un partido que seguirá siendo influyente y que no puede permanecer lastrado por una cúpula privatizadora de los valores que decía encarnar ni seguir incurriendo en el comportamiento más típico de la llamada casta: aferrarse al cargo y vincular el futuro de un proyecto político a la permanencia personal en él.

Iglesias fue decisivo en el nacimiento y auge de Podemos, con el mérito indudable que eso conlleva más allá de la opinión que merezcan sus recetas ideológicas y su actitud personal; también va serlo, a este paso, en su progresiva deriva hacia la irrelevancia.

Apelar a una bases desmovilizadas, controlables y menguantes para eternizarse en el puesto es propio de un político antiguo e interesado, algo que Iglesias está cerca de ser a tenor de su actitud interna y externa, con la complicidad pastueña de tantos otros dirigentes que asisten a la caída sin atreverse a levantar la voz.

No hay mejores bases que los ciudadanos en su conjunto, y éstos han hablado claro desde 2015 en sucesivas elecciones nacionales o catalanas y en reiterados sondeos del CIS: le quieren menos cada vez, y no parece que esa tendencia pueda ser ya remontable.