Opinión
El presidente del Ejecutivo, Mariano Rajoy, con la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría. EF
El presidente del Gobierno ya viene de serie aburrido

LA gran virtud del nacionalismo es su perseverancia, su capacidad insólita para perseguir con la máxima obstinación un objetivo.

Menos a Rajoy, al que es imposible aburrir porque ya viene de serie aburrido, los independentistas son capaces de cansar a cualquiera en ese empeño suyo de vencer por hastío.

Como todos los que se sienten iluminados por una creencia, nunca dejan de tomarse en serio a sí mismos. Superan todas sus contradicciones y sus problemas de cohesión interna a base de una inquebrantable fe en su designio.

Cuando todos los demás flaquean ante la pesadez de la matraca, ellos siguen impermeables al tedio, enfrascados en su solipsismo, porfiando con una tenacidad blindada a cualquier sombra de renuncia a su desafío. El mito del agravio es su poción mágica, el elixir moral que les proporciona energía con chutes de victimismo.

El culebrón de la investidura es un palmario ejemplo de esta terquedad compacta, espesa, inasequible al agotamiento. Lo resolverán aunque sea en el límite del tiempo, aunque tengan que esperar al último minuto y estrujarse las neuronas para encontrarle un resquicio a las trabas del procedimiento.

Y lo harán en su lógica ensimismada de legitimidades simbólicas y de supercherías argumentales sobre poderes paralelos. Es probable que para la mayoría de nosotros, la solución que encuentren resulte una farsa, un simulacro, un esperpento; para ellos sin embargo se tratará de una imaginativa construcción política capaz de salvar la continuidad del «proceso».

Si es necesario, montarán en Bruselas una mascarada sin valor, una impostura llena de ritualidad solemne en torno a Puigdemont, o involucrarán al Parlament en otra comedia de enredo. Están dispuestos a puentear y faltarle el respeto, mediante una suplantación política, a sus propias instituciones de autogobierno. Pero al final hallarán la forma de autoconvencerse de que han logrado burlar al Estado opresor para seguir adelante con su proyecto.

Hace semanas que, mientras los demás españoles sucumbimos al hartazgo, el soberanismo ha instalado la vida pública catalana en una especie de realismo mágico. Un artificio ilusorio destinado a sostener ante los creyentes la apariencia normalizada de un descomunal desvarío.

Esta semana, el prófugo de Flandes ha ¡¡celebrado!! sus cien días de exilio con la megalomanía de un Napoleón redivivo, y el presidente de la Cámara autonómica ha visitado en la cárcel a sus líderes para recibir consignas con las que resolver el laberinto.

Todo eso se antoja lógico y natural a un amplio segmento de la sociedad imbuido de una fe rayana en el integrismo. Mientras la opinión pública española languidece ante este tostón cansino, la política de Cataluña se ha convertido en una fantasmagoría de simbolismos, en un orden trastornado y ficticio en el que nadie parece darse cuenta de que por ese camino no se llega a ningún sitio.