Opinión
Niños, escolares, inocentes. PD

LEO que en un pueblecito de la sierra de Cazorla, fuente del Guadalquivir, se está investigando la posible agresión sexual de una pandilla de niños apenas púberes a otro plenamente impúber. Ignoro si la investigación confirmará hechos tan tenebrosos y desconsoladores; que, como a nadie se le escapa, son cada vez menos infrecuentes.

El juez Emilio Calatayud acaba de recordarnos que hoy existen muchos niños que ven pornografía, a través de sus teléfonos móviles.

Y aquí siempre sale alguien pidiendo a los padres que utilicen los «filtros parentales» para que sus hijos no puedan acceder a esta bazofia; petición del todo grotesca, pues nuestros hijos saben burlar todos esos filtros sin despeinarse (y sin que sus padres nos enteremos).

Nada más propio de las sociedades cínicas que encomendar a los filtros tecnológicos la labor que corresponde a los filtros morales, a la vez que declaran abolidos estos. Conductas tan tenebrosas como la que se investiga en ese pueblecito de la sierra de Cazorla serían por completo inverosímiles si no se hubiese instaurado un ambiente que incita a «vivir en plenitud» una «libertad sexual» que, por supuesto, incluye todas las variantes combinatorias y la exploración de todos los orificios.

Conductas así serían inexplicables si la infancia no hubiese sido corrompida por un hormiguero de escabrosidades que aniquilan su inocencia. Conductas así serían incomprensibles si, en efecto, nuestros hijos no estuviesen rodeados por una infestación pornográfica como no ha conocido ninguna otra época. Y disponible, además, a golpe de click o caricia de pantalla táctil.

Pero, en una típica inversión de las categorías morales, nuestra época considera -como dijo un prócer europeísta- que «el libre acceso a la pornografía se cuenta entre los grandes logros y beneficios de nuestra pertenencia a la Unión Europea».

Cuando lo cierto es que el consumo de pornografía está destruyendo nuestras sociedades, minando la afectividad de nuestros contemporáneos, incapacitándonos para la entrega amorosa y la sexualidad sana, convirtiéndonos en patéticos despojos. Pero sobre esta realidad oprobiosa nuestra época calla, incapaz de enfrentarse al espejo que le muestra su pudrición y le explica la causa última de los males que luego presume de combatir (como la violencia contra las mujeres, por ejemplo).

La sexualidad, cuanto más se alimenta con pornografía, más se pervierte y desembrida; y una sexualidad pervertida y desembridada altera nuestra conducta, aniquila nuestros afectos, adultera nuestras pasiones, infecta nuestros sueños con las fantasías más pútridas y purulentas.

Pero de esta infestación pornográfica que hemos liberado, que destruye matrimonios y disuelve familias, que condena a la soledad y a la angustia a muchos millones de personas (no sólo quienes padecen la adicción, sino también quienes les rodean), que pervierte la inocencia de nuestros hijos, nadie habla; y, si a alguien se le ocurre hablar, lo crucifican. Es un tema tabú, tal vez porque no soportarnos mirarnos en el espejo.

Y, por supuesto, toda educación que trate de preservar la inocencia de nuestros hijos, que les enseñe a mirar su propio cuerpo y el del prójimo como un templo del espíritu, que trate de dignificar su sexualidad balbuciente mediante el cultivo de las virtudes, será inmediatamente tachada de retrógrada y escarnecida como reliquia de épocas oscurantistas.

Pero la época auténticamente oscurantista, la época invadida por las tinieblas, es la nuestra: una época en la que los niños, en lugar de jugar a indios y vaqueros, o a superhéroes galácticos, juegan a explorarse los orificios. Una época que merece que le aten una piedra de molino al cuello y la arrojen al mar.