Opinión
El presidente Mariano Rajoy con los presidentes regionales del PP. Tarek
Autónomos y profesionales liberales esquilmados por Hacienda han desconectado del PP / El rechazo entre los jóvenes a Rajoy es enorme, aunque siga siendo un activo que gana elecciones

Cuando este lunes 12 de febrero de 2018  Mariano Rajoy siente a la mesa a sus presidentes autonómicos, a los presidentes regionales del partido, a la cúpula del PP y a la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría y al ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, un informe elaborado por el equipo de su coordinador general, Fernando Martínez Maillo, estará muy presente.

El contenido del documento tal vez provoque algún respingo en el asiento de los convocados (Nuevo barómetro del CIS: Ciudadanos está desatado, supera a Podemos y amenaza a PP-PSOE).

Génova 13 ha desgranado el barómetro del CIS de la semana pasada para hacer un exhaustivo diagnóstico de la foto fija que refleja el actual estado de la formación que sostiene al Gobierno. Y sus conclusiones a puerta cerrada serán decisivas de cara a los próximos pasos y el programa electoral de la triple cita -europeas, autonómicas y municipales- de 2019.

Con ese barómetro de febrero, los dirigentes populares -en especial los barones que gobiernan- ya han llegado a tres conclusiones. Por mejor decir, las tres asignaturas pendientes que se deberían abordar cuanto antes (PP y Cs suman el 51,4% y tendrían ahora una cómoda mayoría absoluta de 193 escaños).

La primera, la urgente necesidad de ampliar la base electoral del PP con los votantes más jóvenes. Millones de españoles han dado históricamente su apoyo al partido, y en 2011 Rajoy recibió una mayoría absoluta incontestable: 10.830.000 votos y 186 escaños. Ese caudal de votos fue además bien homogéneo: en todos los ámbitos -urbano y rural- y en todas las franjas de edad. ¡Qué tiempos aquellos!

Ahora, el paso por el complicado desfiladero de la crisis y la corrupción han alejado a buena parte de esos votantes. Principalmente a los profesionales liberales y autónomos que residen en las grandes y medianas urbes, y a los más jóvenes. La brecha generacional en el PP es hoy ya un precipicio. Lógico, pues, que se hayan desatado las lenguas entre cargos intermedios a propósito de lo que debería hacerse.

Podemos y C's, sabedores de esta sangría, se han puesto esta misma semana manos a la obra para solicitar una reforma electoral que rebaje a los 16 años la edad para votar. Desde luego, lo que no se puede hacer es intentar acercarse a la juventud aconsejando ahorrar mediante planes de pensiones privados.

Eso es un insulto para los millones de españoles que no pueden llegar a fin de mes. Mayor todavía para quienes ni siquiera tienen un puesto de trabajo (Ignacio Camacho: "La expectativa de Cs crece más por lo que los votantes quieren creer que representa que por lo que tiene acreditado").

La segunda asignatura que el CIS suspende al PP es la de la "política". Resulta paradójico que la economía y el problema territorial sean las dos principales preocupaciones de los españoles. Porque estas han sido las prioridades del Gobierno (obsesivas incluso, casi únicas) en esta legislatura. Los ciudadanos quieren más política.

Pero la política significa legislar cuando se gobierna. Y ello será decisivo en el ánimo interno. Porque Rajoy lo tiene complicado con la actual aritmética parlamentaria y la capacidad de bloqueo que han demostrado PSOE, Podemos y Ciudadanos. A la espera de saber si la Legislatura llega a su fin o si, por el contrario, está abocada a un adelanto de las generales, la actividad en el Congreso de los Diputados evidencia su gripaje. Los últimos periodos de sesiones presentan un pobre balance de iniciativas aprobadas con rango de ley.

Aun así, dicen que la política es el arte de lo posible, y Rajoy y su Gobierno están obligados en esta segunda parte del encuentro a presentar un amplio proyecto de regeneración política e institucional que insufle ilusión en las propias filas y, ante todo, le aproxime a sus votantes poniendo en serio compromiso a la oposición si le da la espalda.

Ahora, con la crisis económica encarrilada y la situación en Cataluña preparada necesariamente para "sobrellevar" el independentismo, el PP debe impulsar esa gran apuesta para enganchar de nuevo a los españoles. A ese objetivo debe dedicarse el presidente del Gobierno. Ya no es tiempo de seguir despejando balones para ver si se puede marcar un gol al contragolpe.

El tercer reto que el PP está obligado a afrontar es el de su propia imagen. A un año de la nueva reválida electoral, todas las encuestas confirman el buen "estado de salud" de sus dos principales adversarios. El PSOE empieza a tomar cuerpo dejando atrás la 'guerra civil' que lo deshizo hace un año y parece dispuesto a crecer por su izquierda a costa de Podemos. Y Ciudadanos es sin duda la marca del momento, con un Albert Rivera convertido en el político de moda. Un hecho incuestionable.

Es evidente, y así lo confirman todos los sondeos, que la imagen de Rajoy no es la mejor para atraer al electorado menor de 45 años. El rechazo es enorme entre los jóvenes, si bien es cierto que el presidente, y así lo ha demostrado desde 2011, todavía es para el PP un activo que gana elecciones. En sus manos está ahora demostrar que es ese genio del posibilismo que dibujan sus cercanos.

Es por eso que la mayoría de sus barones le reclaman, casi en forma de súplica, una amplia remodelación de sus equipos para conectar con esos sectores sociales en los que hace unos pocos años triunfaban y que hoy, sin embargo, son refractarios al liderazgo de Rajoy.

La salida de Luis de Guindos al BCE, que La Moncloa da por segura, le va a brindar al presidente otra oportunidad. Una más. Un momento inmejorable para refrescar su Gobierno, su dirección del grupo parlamentario y algunas de las caras del partido. En política catorce meses dan para mucho... si se quiere. Y al PP le toca resituarse en un centroderecha que necesariamente va a compartir con C's. Su mejor baza: estos tiempos raros, que invitan a una mayoría a huir de los experimentos inciertos.