Opinión
Un almacen de empaquetado y envío de Amazon. EP

MESES atrás, una persona me detalló las aflicciones laborales de su pareja en el centro logístico madrileño de Amazon. Me sorprendió y decepcionó, pero tampoco le di importancia, porque criticar a las empresas es común.

Un joven periodista británico, James Bloodworth, se lo ha tomado más en serio. Para escribir un libro ha trabajado en varias compañías de la llamada nueva economía, entre ellas Uber y Amazon.

El libro se llama: «Contratado. Seis meses encubierto en la Gran Bretaña de los sueldos bajos».

Amazon es la quinta compañía del mundo en capitalización. Bloodworth trabajó durante un mes en su almacén de Rugeley, una pequeña ciudad de 24.000 habitantes del triste norte de Inglaterra, antaño núcleo minero.

El centro logístico tenía la superficie de diez campos de fútbol y una altura de cuatro pisos. El periodista habla de «lo más parecido a la cárcel», controlado a cada paso y con una labor monótona y extenuante.

Llegó allí con lo que denominan un contrato de «cero horas» (el empleador no garantiza horario ni número de horas al empleado). Su jornada era de diez horas y media, con salida a las 11.30 de la noche.

Ponerse enfermo suponía no cobrar el día, por lo que aquello era un coro de toses. A la salida, tardaban un cuarto de hora en pasar por los escáneres de control y cacheos contra los robos. La compañía prohibía llevar móvil, sudaderas con capucha y gafas de sol, al parecer porque las pupilas delatan los consumos abusivos.

Para comer disponían de media hora, pero dada la inmensidad del almacén, ir y volver a la cantina les ocupaba la mitad de ese tiempo. Los operarios eran baremados según su velocidad, con lectores de rendimiento y advertencias tipo «tu media está siendo baja en esta hora, más rápido por favor».

Las visitas al baño estaban controladas, con regañinas por perder tiempo.

Un trabajo tan exigente debe tener su premio, claro. Pues sí: descontados los impuestos, ganaba 185,2 libras a la semana, es decir, el equivalente a 840 euros mensuales. Al incorporarse le dejaron claro que aquello era un trabajo temporal de nueve meses y que solo se hacía estables a quienes destacaban de modo sobresaliente. La mayoría de los empleados eran rumanos.

La vida no resultaba muy rumbosa: un piso compartido con compañeros del almacén y al llegar a casa, un McDonald's, una birra y a la cama hasta otro día en la nave. Comprobó mediante un podómetro que caminaba 16 kilómetros diarios con sus tareas en el almacén, pero aun así engordó por la mala alimentación.

Hay más. La semana pasada, en el foro ABC, Rajoy recordó que «las empresas deben pagar sus impuestos allá donde obtienen sus beneficios», y significativamente añadió «aunque se llamen Amazon».

Los sonrientes gigantes digitales están volteando las condiciones laborales, derechos que se consideraban una conquista de la civilización sin marcha atrás. Lo que ofrecen hace muy difícil armar una familia.

La izquierda tendría ahí una buena causa. Lástima que estén tan ocupados plantando cara a Franco, que lleva 42 años muerto.

(PD: Bezos, el dueño de Amazon, ha comprado «The Washington Post». Desde allí imparte edificantes lecciones morales a Trump).