Opinión
Nacionalismos en europa

Cuando la plebe reclamaba a los patricios romanos la escritura de la ley demandaban de forma consciente que las leyes fueran neutrales a los avatares de sus intereses. Las leyes escritas alienan la potestad de los señores en cuanto estos se ven obligados a cumplir sus órdenes y mandatos. No importa que en su origen sirvieran a preservar sus intereses. Una vez que las leyes se escribían, incluso aunque sirvieran eventualmente a los intereses de clase de sus promotores, finalmente prevalecerían sobre sus intereses espurios con el mero transcurso del tiempo. De ahí que la seguridad jurídica se reconozca como una garantía de derechos: el ciudadano ajusta sus acciones a las previsiones de la ley. El arbitrismo, la aplicación discrecional de las leyes si no es la mayor de las amenazas, es quizás la mas fundamental. Que las leyes se dicten ad hoc para satisfacer los intereses circunstanciales de intereses privados o intereses locales es el caldo de cultivo del totalitarismo y la barbarie. Tal vez las leyes deben ser objeto de interpretación al caso, pero no deberían ser objeto de reconstrucción para dar satisfacción a intereses particulares. La miseria del independentismo catalán es un buen ejemplo. El mayor daño se causa por este motivo, los cambios constitucionales, de las leyes educativas, de las leyes universitarias, de las leyes penales o los reglamentos ponen en entredicho su legitimidad en tanto quedan condicionadas por intereses particulares del momento. De ahí que necesariamente los cambios legales hayan de atenerse al pasado y a menudo su aplicación deba estar sometida a una moratoria, so pena de servir únicamente a los designios de sus promotores.

La historia humana no garantiza el progreso. La supuesta superioridad moral de nuestro tiempo sobre cualquier cultura social del pasado es una mitología. Esta mitología del progreso sólo sirve para defender los intereses de quienes quieren poner las leyes a su servicio. La diferencia esencial entre el estado de naturaleza y el estado de derecho consiste en reconocer el delito, decía Nietzsche, no como un conflicto entre partes que se causan mutuamente daño, ni tampoco es el daño privado el objeto de una reparación necesaria, el objeto de la ley es una infracción contra la ley común, las leyes positivas, las infracciones que se identifican como una falta contra la colectividad entera. El delito sería ininteligible si la ignorancia de la ley eximiera de su cumplimiento. La justicia sólo puede tener ojos para la acción del ladrón, del homicida, del asesino o del pederasta. La acción necesaria y suficiente en que se funda un delito extingue cualquier razón intencional. Si la justicia se presenta ciega es porque ignora la identidad personal del autor para juzgar el delito primariamente como el resultado de una acción que para cualquier actor humano solo puede responder a conciencia y voluntad. Acostumbrado a su peculiar particularismo quien ignora la ley lo hace pensando solo en sí mismo.

Las pulsiones identitarias que atraviesan buena parte de las sociedades humanas, muy en particular en España, trabajan a favor de la desigualdad esgrimiendo o alegando, y esta es la paradoja, resistencia social y promoción de la igualdad. Se trata una vez más de restituir las diferencias, establecer la identidad como forma de lucha política, marcar a los adversarios a base de dar carta de naturaleza a los hábitos propios. Unos arrojan a las tinieblas a otros sin más que identificarse por sí mismos. Las leyes alemanas que alimentaron la barbarie nazi contra los judíos se sirvieron de sus declaraciones fiscales para identificarlos. Las esteladas en los balcones denuncian a quien no comparte la fe nacionalista, y eso les convierte automáticamente en sospechosos a quien no muestra la bandera nacionalista. La afirmación de la identidad convierte en enemigo a quien no la comparte.

Esta pulsión identitaria no es una mera insignia política, lo es también social. Tras haber detectado que sus acciones convocan notoriamente a más mujeres que hombres, la unidad en la Universidad Complutense que vive de la política de género y administra la definición de género en nombre de una supuesta igualdad promueve, con este nombre, un taller de masculinidades dirigido a los hombres para dictarles cómo deben ser. No importa cuán ridículas sean estas políticas propagandísticas, el caso es que en nombre de la igualdad se ha impuesto un conjunto de acciones totalitarias que acaban por destruir la libertad y la igualdad. Con los mismos mimbres trató de imponerse el totalitarismo en las doctrinas del hombre nuevo del comunismo. Es un fenómeno bien conocido, la reificación de lo real, la inversión sistemática de lo real que transpira en una práctica social que consiste en invertir la semántica, en poner a las personas en el lugar de las cosas, y a las cosas en lugar de las personas.

No importa cuál sea la cosa que substituye al ser humano, sea el género, el animal, la justicia o el arte. Cualquier discurso, cualquier acción humana, cualquier expresión automáticamente se discierne y juzga desde una pulsión irracional identitaria que tiene por fin destruir la libertad y la acción racional. Cualquier debate está transido de esa politización que destruye el valor de la ley como verdadera naturaleza del ciudadano. La corrección política, las restricciones a la libertad de pensamiento, a la libertad de cátedra, la amenaza permanente hacia todas aquellas expresiones de libertad dibujan un horizonte donde la barbarie tribal substituye la libertad de expresión, y la libertad ciudadana. Las sentencias se juzgan examinando la pertenencia política de los jueces, la evidencia se examina según se corresponde o no con las creencias propias, cualquier declaración o acto se examina a la luz de la ideología, y el fundamentalismo pervierte o corrompe la voluntad y el consenso social que solo puede construirse de acuerdo a método. Método para juzgar la validez de la evidencia, y leyes para articular la interacción entre ciudadanos libres e iguales.

En ese contexto de reificación de la experiencia, la politización del arte, confiere a la obra artística los vicios de su espectador, las cosas ocupan el lugar de las personas y la mirada pervertida del verdugo moral de turno, le dice a cada quien qué y cómo tiene que mirar, que arte, idea, declaración o reflexión debe sacrificarse en un auto de fe. No es extraño que la politización de las decisiones racionales den cobertura a la elección de candidatos por afinidad en lugar de por competencia y mérito, y que las banderas ondeen por encima del conocimiento y del saber. Y que se impongan leyes especiales que dan cobertura a privilegios por pertenencia a un grupo socialmente identificable, sacrificando el concepto de ciudadano. La misma pulsión sirve para cuestionar la candidatura de Guindos al BCE que para repetir como un mantra el supuesto dilentatismo de Rajoy, que para redefinir la naturaleza y decidir qué es hombre y qué es mujer. El patetismo de Sánchez le lleva ineluctablemente a su extinción. La ausencia de reflexión permite a muchos tertulianos cuestionar al presidente de gobierno como un tic o una consigna que nadie va a cuestionar, y que convierte al tertuliano en una persona progresista. Cuando se anticipaba el crepúsculo de las ideologías y el designio de la religión, emergen de nuevo la fe y los aprendices de brujo. ¿Por cuanto tiempo viviremos amenazados por este totalitarismo de sacristía?