Opinión
Albert Rivera y Mariano Rajoy. EP

ESE duelo a pellizquitos entre Ciudadanos y el PP va a ser tan aburrido y agotador como una bronca de pareja. Ni se soportan ni se atreven a romper, con lo cual todo se queda en un desencuentro continuo, en una tensión artificial que, vista la distancia que falta para las elecciones, amenaza con hacérsenos perpetua.

Celos impostados, reproches mutuos, miraditas aviesas, canutazos envenenados, acusaciones de ida y vuelta; zancadillas taimadas, murmullos rezongados a media voz, letanías de quejas.

La relación entre los dos partidos del centro-derecha se ha vuelto un melodrama barato con mucho postureo de gesto prieto y boquita pequeña. Una cansina parodia del dúo Pimpinela.

Todo por culpa de las encuestas. A falta de acción política o legislativa, el año sin urnas provoca a los dirigentes una especie de síndrome de abstinencia y para combatirlo se meten sobredosis de sondeos en vena. Los estados mayores de cada formación confunden estrategia con táctica y se han obsesionado con los estudios de opinión; viven pendientes de subir o bajar unas centésimas.

El Gobierno no puede gobernar porque carece de mayoría y los que podían dársela se niegan, pero tampoco se deciden a hacerle una oposición abierta. Cs, en concreto, quiere al marianismo con respiración asistida, sin percatarse de que lo que mejor se le da a Rajoy es la resistencia: a un hombre de natural reacio a tomar decisiones sólo hace falta que le otorguen pretextos para no acometerlas.

En estas condiciones, la legislatura está virtualmente muerta. No porque vaya a acabar pronto, dado que nadie tiene interés de fondo en romper la cuerda tensa, sino porque ya no hay modo de abordar los verdaderos problemas.

El presupuesto, las pensiones, la educación, el empleo, esa clase de cosas que la gente espera. Sólo el conflicto de Cataluña genera un cierto consenso, desganado y cada vez más ayuno de cohesión y fuerza; menos mal que aún queda algo del aliento colectivo de las banderas.

Pero sin voluntad de acuerdo para aprobar leyes, el Congreso se vuelve un simple reñidero de gallos de pelea donde cada semana acuden los líderes a lucir espolones y marcar diferencias. En España ya sólo se hace política de frases para llenar tertulias y redes de hueca verborrea: una política virtual, epidérmica, de mera contienda, incapaz de solucionar -ni siquiera de intentarlo, que es peor- cuestiones serias.

Así se puede aguantar un tiempo, quizá un mandato entero, porque el país tiene suficiente energía acumulada para funcionar por inercia. Pero cuando lleguen las urnas ningún partido -salvo quizá, a pesar de todo, el PP- tendrá un balance del que rendir cuentas.

Que nadie se sorprenda entonces si la abstención aumenta; son los agentes públicos los que la están cebando con su galbana, con su inacción, con su falta de compromiso, con su endogámica superficialidad yerma de proyectos y de ideas.