Opinión
Albert Rivera.

Una extraña habilidad de los políticos profesionales es segar la hierba debajo de los pies, es decir, poner en riesgo su futuro, jugar con fuego como aprendices de brujo para finalmente convertirse en nada después de haber destruido a sus socios y trabajar para sus adversarios. Rivera es un magnífico ejemplo. Usufructúa las políticas del gobierno, se asoma a la política desde la barrera, carece de convicciones y trabajo sólo por sus efectos, se desvincula de la gestión de los asuntos públicos, y eleva la voz cada vez que percibe que puede morder. Es la figura del depredador sin emociones tan útil a la acción política desde una perspectiva cortoplacista. Rivera dá por enterrado al PP que es a la postre el artífice del éxito económico y del éxito político. Para hacer pan hace falta meter las manos en la masa, mancharse con la acción, asumir riesgos, y equivocarse. El ciudadano no puede juzgar sobre la base de una fe que no se ejercita en acciones. Esta cultura del púlpito finalmente revela la inanidad del pensamiento, convirtiendo las acciones en mero relato. Este país ha vivido siempre de una cultura del relato donde desaparece el protagonista, por eso es olvidadizo y repite una y otra vez los mismos errores. Minusvalora, en suma, que en el mejor de sus escenarios imaginarios no será posible ningún gobierno sin el PP, tanto más por cuanto la retórica izquierdista de sacristía tiene los días contados. Basta de historia y de cuentos.

A Rivera le deja mas tranquilo alquilar las ideas que tenerlas. Se presentó desnudo y así sigue. Ha descubierto el papel de la retórica en que se cree un consumado doctor. La sabiduría social del ciudadano consiste en creer más en los actos y en sus efectos, que en acusaciones retóricas orientadas a la calumnia y el descrédito. Pero es fácil confundir la realidad con el deseo y así existe cierta proclividad a creerse los discursos por encima de las acciones. Que el PP está trufado de sátrapas y oportunistas sin cuento, de delincuentes dispuestos a vender patria para enriquecerse es un asunto que ha quedado en evidencia. La Iglesia ha contado y cuenta siempre entre sus filas con toda suerte de canallas, desde quienes desvían el capital captado de feligreses piadosos, hasta quienes discursean sobre la moral desde la ignorancia o la perversión. Pero las organizaciones no pueden quedar a merced de sus peores lacayos si aspiran a sobrevivir. Y usualmente salvo por extinción se sobreponen a sus usufructuarios. La lógica del oportunista es que le hagan el trabajo los otros, y modular las respuestas a golpe de la opinión percibida del público. Rivera es un oportunista elocuente, la imagen del lerrouxismo que pasó sin solución de continuidad, desde la izquierda, al centro y desde el centro a la derecha. Este es un momento propicio para apropiarse de méritos ajenos y repudiar los fracasos propios. La lástima es que Rajoy actúa de buena fe, y no desconfía nunca del tramposo con el que se enfrenta, asumiendo incluso las condiciones de su discurso. Como decía Alfonso Guerra, las batallas siempre se pierden en campo ajeno. Rajoy tiene la mala costumbre de jugar en campo ajeno. Le haría falta ganar la madurez de quien no se cree en el discurso y poner realidad en el espejo del oportunista profesional.

Al igual que Bambi aprovechó la oportunidad de convertirse en adalid de las minorías para simular su absoluta incompetencia, y Sanchez levanta la bandera de la igualdad salarial ignorando los mimbres con que está hecha, Rivera ha abogado por dar oportunidad a que las mujeres alquilen su maternidad y entregar su cuerpo al mercado. En ningún momento se le ha ocurrido hablar de la prostitución y en cómo las personas se someten a una esclavitud sexual. La misma persona que sospechaba del trato desigual e inconstitucional de hombres y mujeres en la legislación penal fue enviada al frente para defender esa singular versión del hembrismo que consiste en legalizar el alquiler de los cuerpos. Se le reprochó a Rivera que defendiera la igualdad de hombres y mujeres en el derecho penal, pero tan pronto como detectó que le serviría para auparse sobre los hombros de sus conciudadanos olvidó la letanía y corrigió el entuerto. Hoy está a favor de la desigualdad de género. Google ha dado respuesta a las estúpidas consignas políticas del sanchismo y desautorizado la monserga de su rabiosa portavoz en el congreso. Esta que defiende la política profesional del sanchismo poniendo cara de perro con cada boludez. Google ha informado de que los salarios de sus empleados son decididos por un algoritmo, y los algoritmos, se sabe, no discriminan con tal de que sus condiciones estén claramente definidas a favor de la corporación. Ciertamente, esta clase de políticos vive en otro mundo, y la buena fe y las buenas costumbres no consituyen ningún aliciente para la política. Ya lo dijo Peces Barba, el derecho ha renunciado a imponer una moral privada, y es un derecho constitucional mentir todo el tiempo. Es el ciudadano quien deberá juzgar la cosa hecha, no el discurso de la ocultación y la reinvención y reificación de la realidad.

Usufructuar trabajo ajeno, esperar a que otros hagan tu trabajo es una táctica útil para la autopromoción. Las mujeres silenciosas siempre han parecido mas hermosas a los inútiles y a los simples, mas aún si se autodecoraban. Inés Arrimadas tiene la pose y la conducta correcta, y reivindica para sí la condición de adalid de la Constitución justo en un momento y en un tiempo que la farsa se supera a sí misma. Pero siguiendo las instrucciones de Rivera se esconde en su sede catalana y no lanza su candidatura que haría poner en marcha el reloj. Aquí no habrá producto maduro que caiga espontáneamente del árbol. La investidura de un presidente de la Generalidad quedará indefinidamente en suspenso, y el mérito habrá sido de Inés Arrimadas y de Rivera. Rivera eligió sabiamente pero tendrá que tragarse su pócima cuando la ciudadanía de Cataluña descubra que la única táctica política de Rivera es esconderse tras las bambalinas. Es obvio que sólo de quien actúa puede decirse algo. Rivera es la bella durmiente, la expresión del wishfull thinking, la dama cortesana, el alma bella de Hegel. Mejor dar el discurso que dar trigo. Puede que fracase como un farsante o quizás sea pose.