Opinión
La Constitución Española de 1978.

Mucho se habla de la crisis de los cuarenta, considerada de carácter evolutivo, relacionada con la edad y los lógicos cambios, que nos lleva a desear ser nuevamente jóvenes y en consecuencia a hacer cosas nunca realizadas, pero que también puede conducirnos a un estado de letargo que nos induzca a descansar sobre lo que hemos hecho, ignorando que aún podemos hacer muchas cosas más. Se empezó a hablar de ella en los años sesenta del pasado siglo, para explicar el declive que sufren muchos artistas cuando llegan a tal edad.

Estimo que no solo las personas, sino que con frecuencia también las instituciones y estados sufren tal crisis.

Efectivamente, en el caso de nuestro país, a final de este año, se cumplen los cuarenta de la aprobación de la Constitución vigente, que ha regido nuestra convivencia hasta la actualidad. Haciendo un símil, podemos decir que como la España actual nació hace esos años, ahora sufrimos la correspondiente crisis.

Al principio de la democracia todo eran ilusiones y miradas esperanzadas hacia el futuro. Antiguos enemigos supieron superar sus diferencias y trabajar codo a codo por un bien común. Hubo generosidad y renuncias por todas las partes. Así comenzamos una nueva andadura, puesta la mira en superar dos siglos de decadencia y desastres.

Sin embargo, el paso del tiempo nos ha hecho entrar, como nación, en la crisis de los cuarenta, de lo que tenemos múltiples muestras.

Quizás la más patente es la del separatismo catalán, alentado por una minoría, que mantiene poco menos que noqueado al gobierno, y que los partidos aprovechan, de manera muy sutil, para sacar los mayores réditos posibles, a río revuelto ganancia de pescadores, en vez de unirse y hacer un frente común ante unas actuaciones que de no abortarse definitivamente, acabarán con la destrucción del espíritu nacido hace cuarenta años y de la nación.

Otra muestra son nuestros políticos, de todos los colores. Al principio de la democracia los había muy brillantes, que aún siendo adversarios ideológicos, reconocían y respetaban la valía de sus contrarios. Daba gusto verlos debatir entre ellos, escuchar sus discursos aunque no estuviésemos de acuerdo con sus opiniones. ¿Qué queda ahora de eso? Prácticamente nada. La gran mayoría de los actuales parecen que tienen el encefalograma plano, se limitan a repetir machaconamente las consignas del jefe.

Claro está que antes había políticos de vocación, pero gran parte de los actuales son empleados del partido, que con tal de ser obedientes viven sin problemas. Prueba de ello es el candente tema de los currículos. Como tienen escasos méritos personales se los inventan sin vergüenza alguna, unos a lo grande, máster, licenciaturas e incluso doctorados. Otros, más modestamente, se refugian en el "tiene estudios de", es decir, estuvo matriculado un par de años y aprobó cuatro asignaturas. Los hay que trabajaron en importantes empresas, pero no dicen su nombre, hay que suponer que, por si en ellas no los conocen.

Todo lo comentado, y mucho más que podríamos añadir, es una muestra inequívoca de la crisis por la que pasa en la actualidad nuestro país. Crisis de la que son responsables los políticos, precisamente por no ser tales sino empleados del gobierno de turno, y también por haber sumido a la población en un letargo del que solo despierta, momentáneamente, cuando algo les afecta personalmente.

¿Hay solución? Si la hay. Pasa por una regeneración ética de la sociedad, que haya una escala de valores a conservar, que el principal bagaje de las personas sean sus méritos reales, que se acabe el "tú también", pues "mal de muchos consuelo de tontos" ¿El problema?, la actual clase política.