Opinión
Víctor Entrialgo de Castro, abogado y escritor. PD

El domingo por la noche se apareció de nuevo el espectro de Puigdemont. Estaba sentado en un sillón cubierto con una sábana como si estuviera en la butaca de su sala de estar sin estrenar de Waterloo, pero en Berlín, dejando caer miguitas de su máster de rebelión cuando al entrevistador reverencial de su televisión golpista desplazado desde Barcelona le hizo un me alegro que me haga esa pregunta disfrazado de mohín de contrariedad.

Periodista follonero, massovero de Artur Mas, en lugar de entrevistador entrevistado, sobrado y altanero, Puigdemont es un egoísta egocéntrico subido a la parra que desprecia a su mentor y a todos los demás, a los que considera muy por debajo de su persona, capaz de decir estupideces en varias lenguas, que ha perdido el juicio y que disfrazado de Napoleón va de Waterloo a Berlín como pollo sin cabeza.

En su huida hacia delante, el fantasma de Puigdemont, aislado y obligado a vagar por Europa en busca del país de nunca jamás, ha hablado desde Berlín a su República imaginaria a través de TV3 y nuestro dinero, cada vez más sobrado, como una mezcla de Pepito Grillo y Adenauer, después de abandonar el barco haciendo un Squettino, dejando tirados a sus colegas y colaboradores, a los militantes y a los ciudadanos adoctrinados.

Como si estuviera en el salón de su casa de Gerona, de Waterloo, de Berlín o de la playa, habló por encima del hombro, del bien y del mal, dijo que no habrá candidato a Presidente de Soto del Real hasta fines de Mayo y que sólo él puede gestionar la complejidad.

Insistió en que debe respetarse el Mandato del pueblo, pero que eso lo interpreta él. Que una parte se sienta soberana sobre el todo, declare lo que le venga en gana y someta a los demás sin que apareje la cárcel, no sé yo de donde lo saca él.

Habló de que ahora debe haber un candidato virgen y mártir que no tenga procesos judiciales al que le preste sus votos algún centrocampista de izquierdas pero todo es un trampantojo. Habló de su República de la ambigüedad, del 1 de octubre, de construir un pueblo. ¿En qué quedamos? ¿Ese pueblo no existía casi antes de la Creación, según reza en el ridículo preámbulo del Estatuto al que Zapatero dio el visto bueno?

Desde el vestíbulo de Soto del Real, el fantasma sin cabeza de Puigdemont sigue apareciéndose a los suyos con su sábana blanca de la República haciendo creer que aún vive políticamente y salvo un leve amago de su mentor, no repetido, nadie entre los separatistas se atreve a cuestionar al fantasma que huyó como Schettino.