Opinión
Mártires de la Guerra Civil

Cualquier día se conmemora cualquier cosa. No importa porque aciaga razón, todos los días son momento de concelebración, ungida y bendecida por quienes viven de una bandera pública. Hoy se comemora algo de cualquier rincón de esta España tribal que nos ha tocado en suerte. Ya la misma palabra trae cierta sorna explicativa sobre su semántica. Se conmemora para memorizar el pasado, para rendirle tributo, en esa especie de rito, entre el folclore y el protocolo, del pasado, de ese pasado que siempre fue mejor. Para usarlo como ariete de un presente. Y el presente es una mierda.

Se quejan los viejos autores, que el amor ha dejado sus secuelas, la liberación del cuerpo se viene arrastrando al amor libre, a la esquizofrenia de la especie humana, a la promiscuidad, a la segmentación del sujeto en géneros infinitos, a su reconstrucción en el mercado de las identidades como mero producto, como mera marca. Todos ajenos, todos asexuados, todos expuestos a la intemperie de quien definitivamente ha perdido su intimidad para convertirse en cosa, en objeto de goce de otros. Nada mas objetivo que ser hembra para una lesbiana, ni nada mas objetivo que ser un ano para un promiscuo impulsivo. Todas las revoluciones sociales se han reducido al deseo del mercado, sea bajo la forma de valores antiéticos, o sea bajo la forma de un sexo arrumbada la confianza. El mercado carece de moral, y la moral católica residual inspira a una izquierda caduca, extinta. El mercado ha agostado a esos revolucionarios oportunistas que querían repartir la miseria para devenir en pobres por naturaleza. Como manda Dios. Como manda la manada.

El destino de la especie es la destrucción del compromiso, de la comunicación, de la existencia, del deseo y del amor. Solo queda la mujer arquetípica, estéril, y la feminización del hombre, y la lacra del beso robado, del impulso impedido, censurado. Las mujeres bailan para excitar, y para excitarse, beodas, no para ser aproximadas por la seducción. Los hombres bailan para masturbarse en el silencio de sus alcobas, y en los retretes. Las salas de urgencia se llenan de quienes arrastran su vida, infectados, tras esa experiencia orgiástica de puños penetrantes, de connivencia lasciva de la pulsión escópica. Se ha acabado la seducción, el halago, el chiste, la broma y la metáfora. Las monjas de clausura han impuesto sus ritos. Se extingue la cultura del hombre que deseaba a la mujer, y la mujer que seducía al hombre. Con mas amor que pasión. Quedan los pellejos ajados de las que sólo por el azar creyeron que su virginidad mental convocaría a los bestias de la especie humana. Ahora la pasión es ser fan de algo, seguidor de voceras de las redes, perseguidor de autógrafos. Seguidor de cantantes robotizados, de rostros inexpresivos inventados como líderes por una publicidad malsana.

Hoy se puede conmemorar, como no, el primero de mayo, el día de la república, la muerte del dictador, el cumpleaños de cualquiera. Cualquier experiencia miserable. Uno nace porque que quiere, y parece elegir el sexo como parece elegir el seso. Su ausencia. Mira por donde cada quien siempre nace en un día señalado, cuando Amstrong pisó la luna, cuando Henry Ford bautizó el modelo "T". Cualquier efeméride es singular cuando coincide con el día de tu ombligo.

España no puede dejar de conmemorar la guerra civil, y así inaugura calles o cambia el nombre de avenidas y paseos, instala la efemérides del xenófobo y el racista que da nombre incluso a universidades dispuestas a inmolar la democracia en la patria nacionalista, y de quitar héroes desconocidos o poner estatuas del pasado redimiendo a asesinos y sátrapas, traer el pasado
para recordar en una conmemoracion infinita el pasado. Un país sin futuro solo vive de este acto simbólico de memorizar rítmicamente ese tiempo atronador de bombas y enfrentamientos ideológicos. La guerra se perdió por quién tenía que perderla y quienes la ganaron, ni siquiera la ganaron, ahí quedaron rezagados en la memoria los ejércitos de la ideología, el nacionalismo, el cantonalismo, el carlismo, incluso el populismo nacionalsocialista de una izquierda reconvertida en un pleonasmo, la izquierda de la izquierda. La república feminazi de un simulador machista se impone en las conciencias para extinguir cualquier creación humana no consentida. La verdad ha claudicado frente a la barbarie.

Nadie se escapa de este momento infinito, repetitivo de andar recordando que las trincheras están llenas de cadáveres, los muertos siempre fueron los muertos de un bando, del otro quedaron los vivos. La izquierda, esa metafora geométrica, está llena de juntacadáveres, de esos personajes onettianos donde los prostíbulos prometen el paraiso y la felicidad. Otra vez la comuna, la promiscuidad, el intercambio, el sexo por el sexo, sin más.

Resulta agotador el discurso infinito de esta política vieja y trasnochada, llena de conmemoraciones, de hechos irrepetibles que se simulan en una farsa continua, la falsa memoria de los descerebrados 1714, 1898, 1936... los años mandan, los meses reúnen a las masas y los días de San Jordi, la Diada, tienen el carácter reinvidicativo de una minoria que se manifiesta como mayoría, para silenciar a todos, hasta la extinción de sí mismos, al igual que puede ser la conmemoración de cualquier comunidad, cualquier pueblo o cualquier barrio. Sueñan con hacer desaparecer el mundo, cuando desaparezcan. El epítome del egoísmo enfermo: soñar con el fin del mundo, el mismo día de tu fin en la tierra.

Se comemora la muerte del pasado para revivirla en el presente y, como de un sortilegio, proyectarla al futuro. Es ese alma mexicana de adorarla, como la adoraban con sus calaveras los piratas o, más cercanos en la historia, las SS de Hitler. Se reinvidica el pasado porque se renuncia al futuro. Ahora bien, el pasado se inventa porque si no, no cabe en el presente, ya sean las primeras inscripciones falsas en euskera del siglo III realizadas en 2005, como pudiera ser que el imperio catalán invadió Aragón o la antigua capital Ilergete como vencedora de la antigua Roma.

No es la historia real lo que se conmemora, sino la intención perversa de construir un imaginario colectivo distinto, unificador de la masa que permita a unas nuevas élites dominar el discurso, presentar la historia como una conmemoracion diaria del destino. Un destino anunciado. Estamos condenados a sufrir de forma perseverante esta situación, la desmemoria, el borrado accidental del pasado y la sustitución de la historia por una memoria inventada, como en la invención de Morell, solo las mareas activan la repetición cíclica de nuestro pasado, solo cuando sube el mar e inunda la playa creemos haber vivido ese mismo momento.