Opinión
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (PSOE). EP

Como subraya Ignacio Camacho en ABC este 29 de julio de 2018, al Gobierno de Sánchez, que tanto prometía y anunciaba, se le está parando el motor a los dos meses de su llegada.

No tira el Ejecutivo socialista hecho en base a la parrilla de televisión. No funciona, no anda porque, además de audacia, para gobernar se necesita una mínima estabilidad parlamentaria.

 Su debilidad es patente y ni la va a poder compensar a base de gestos y propaganda ni los decretos-leyes son una panacea sostenible desde una minoría tan acusada.

Los socios radicales que sirvieron al ambicioso Sánchez para desalojar a Rajoy mediante una coalición improvisada carecen de fiabilidad para darle cohesión a una alianza. No es lo mismo armar un frente de rechazo que pactar un programa. Y esto último tampoco resulta viable con aliados de esa laya sin traicionar los principios del Estado igualitario proclamados por la socialdemocracia.

La contradicción que bloquea a Sánchez se deriva de que todos los partidos que apoyaron su moción de censura son, salvo el suyo y esto habría que matizarlo porque hay muchos socialistas que también parecen estar contra España, adversarios de la Constitución como modelo de convivencia.

El más moderado es el PNV, lo que da para hacerse una idea. Podemos aspira a una refundación del sistema desde la extrema izquierda y el resto son los herederos de ETA y una docena y media de nacionalistas catalanes instalados en el delirio de la independencia.

Con esa gente no se puede ir ni a recoger billetes de 50 euros.