Miguel Delibes.
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La reciente controversia a la que dado lugar la encuesta publicada el domingo en el diario gubernamental más novel, el de ZP, según la cual la juventud mostraría su desafección a la Monarquía, cuando se ha recordado desde un emergente medio de comunicación de la derecha confesional que son socios de ZP lo más granado de la plutocracia patriótica española no debería sorprendernos.
Como ya he dicho varias veces, pero no me importa repetirme porque para eso soy un joven de espíritu y pensamientos elevados, el actual PP de Mariano es un simple sparring para recibir bofetadas, mientras que el PSOE es el gran partido de la oligarquía española, un invento diabólico parecido al del movimiento continuo, que funciona hasta ahora mucho mejor que el motor de agua o el futurible coche eléctrico del ministro Sebastián.
Cierta parte de la sociedad, presa de sus prejuicios ancestrales, sin espíritu crítico, embiste el engaño y traga con cualquier fechoría que hagan los “suyos”. Los supuestos “suyos”. En realidad, la mayoría niños y niñas bien de papá alto cargo del Régimen del difunto Caudillo. Por eso no es de extrañar que pase lo que pasa. Igual que siempre, y con ayuda de tercería, el señorito Don Juan seduce a Doña Inés, pero con la novedad que luego la hace abortar. Las viejas mañas de un Roldán, o un Juan Guerra ya no se llevan. No lucen bien el mundo fashion de la Vogue.
Es evidencia de razón que, en una heroica e incansable muestra de patriotismo y defensa de los valores que han hecho grande a Occidente, la flor y nata de nuestros próceres y próceras están a partir un piñón con ZP y su partido, o incluso son sus socios en el panfleto propagandístico Público y la Sexta.
Algunos quizás recuerden el caso Juan March. Es decir, cómo sufrió persecución y cárcel republicana el potentado mallorquín por haberse negado a dar dos millones de las pesetas de 1930 al chantajista Indalecio Prieto con ocasión del Pacto de San Sebastián. O el caso más reciente de Mario Conde o de José María Ruiz Mateos. Y no quieren repetirlo en sus propias carnes o haciendas.
Otros están a ver qué pillan, qué subvención, licencias o molinillos termodinámicamente fláccidos, qué ENDESAs, AENAs o inmuebles de RTVE trincan, y a ver si la judicatura mira para otro lado y nuestro asunto prescribe o queda impune. Todo a mayor gloria de la sociedad abierta a la española, como los melones de Villaconejos o las reses en el matadero. Y de la economía de mercado a la española. Mezcla de Gran Bazar oriental y patio de Monipodio.
Y por la parte que le toca, Su Majestad parece estar encantado con su nuevo rol. Así, el mensaje subliminal que trasmite pues cuando no está en el fútbol, está de caza, o en las carreras de coches celebradas en alguna lejana monarquía datilera y petrolera, o en los toros o en una corrida, es que aquí no pasa nada. No hay que preocuparse por las jeremiadas de cuatro descontentos que no quieren arrimar el hombro. Quiero decir, que reniegan de ser galeotes sin esperanza ni futuro.
De momento, Su Majestad sigue haciendo méritos para enajenarse las simpatías de su antigua base social. Los toques que le acaban de dar desde los medios hubieran sido impensables hace solo unos meses.
El viernes pasado comentaba que Delibes quizás hubiera merecido el Nobel, pero que el Nobel no merecía a Delibes.
Posiblemente, el caso se puede aplicar también al entierro del ilustre escritor español.
Delibes hubiera merecido que la más alta magistratura de la Nación presidiera su entierro. Pero esa Magistratura acaso no merecía unir su nombre al del honrado, sabio, laborioso, austero y noble, Delibes.
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