Opinión
El Arco de la Victoria, en Madrid. PD

COMO resolver los problemas de los madrileños (limpieza de las calles, crecimiento ordenado de la ciudad, mejora de las infraestructuras y de la movilidad, bajada de impuestos...) les debe parecer un mundo, Manuela Carmena y su equipo de concejales populistas han optado por centrar buena parte de su «gestión» en los golpes de efecto sobre asuntos meramente ideológicos.

Entre estos descuella el ajustar cuentas con el pasado por la llamada Memoria Histórica, donde los patinazos han sido desde el principio y las rectificaciones siguen sin acertar.

Ahora, el Comisionado que sustituyó a la cátedra de la Complutense, cesada tras el galimatías que creo en el cambio del nombre de las calles «franquistas», propone erigir en el Arco de la Victoria un museo-homenaje a los defensores de Madrid e instalar placas conmemorativas en los lugares «de represión del franquismo» y de otros hechos ocurridos en el bando republicano durante la contienda fraticida, en referencia a los centenares de centros de detención y tortura, las checas, donde anarquistas, socialistas y comunistas llevaron a cabo el conocido como «terror rojo».

Nada aporta a la historia ni a la ciudad este callejero de atrocidades.

Desde que Rodríguez Zapatero se puso a la tarea, la izquierda se empeña en «ganar la Guerra Civil», abriendo heridas que todos creíamos cerradas en estos cuarenta años de democracia.

Una cosa es que los familiares de víctimas caídas entonces quieran recuperar los restos de sus allegados de entierros indignos y otra reinterpretar el horror de aquellos años con un simplista afán justiciero.

La concordia que abrazaron los españoles en la Transición merece mejor trato y resulta más benéfica para los madrileños que ponerse de nuevo a cavar trincheras en el siglo XXI.