Opinión
Carlos Sánchez Mato (d) junto al concejal Guillermo Zapata. PD
Otra más del equipo de Carmena, políticos atrabiliarios cuyo tiempo y espacio no debería ser el de una democracia moderna, sino una asamblea chavista de Caracas

EL mismo día en que el primer ministro griego, el populista de izquierdas Alexis Tsipras, participaba en la reapertura del Santo Sepulcro, donde la tradición sitúa el cuerpo de Cristo tras su muerte en la Cruz, el edil madrileño Carlos Sánchez Mato, de Podemos, llamaba gentuza a los integrantes de la plataforma «Yo voy a Misa».

Otra más del equipo de Carmena, políticos atrabiliarios cuyo tiempo y espacio no debería ser el de una democracia moderna, sino una asamblea chavista de Caracas (Carlos Herrera vapulea a Pablo Iglesias y a Podemos por sus besos a los 'matones' de ETA: “Sois basura” ).

Uno se ríe de los judíos y de las víctimas de ETA, otra irrumpe semidesnuda en una capilla para ofender a los creyentes y ahora, el edil Mato se dedica a condenar por cuestiones religiosas (En Reino Unido rinden tributo al policía acuchillado en el atentado: aquí Podemos aplaude a los verdugos).

La responsabilidad de que este club de fanáticos de extrema izquierda ocupe cargos públicos es de la alcaldesa y de los socialistas madrileños.

Carmena prodiga ante la opinión pública una falsa «autonomía» frente a los concejales de Ahora Madrid, pero es su madrina política y la que permite que millones de españoles se vean ofendidos un día sí y otro también por sus concejales.

Y los socialistas no sólo lo consienten sino que asumen su apoyo como un modelo de cooperación entre grupos de izquierdas.

Si esto es lo que hacen en un ayuntamiento, mejor no pensar en lo que podrían hacer desde el Gobierno de la Nación.

Aunque ya dan pistas fiables en el Congreso, donde el líder máximo del movimiento populista, Pablo Iglesias, se despacha con unas formas montaraces adobadas de un lenguaje, maleducado, afrentoso, faltón e impropio del lugar donde reside la soberanía de los españoles. Fulminado su discurso demagógico por su endeblísimo fondo, ahora tratan de compensar esa inconsistencia perdiendo las formas.

Pero no todo vale.