Opinión
España y Cataluña. CT

LA salida de Londres de la Agencia Europea del Medicamento (EMA) es un perjuicio directísimo que los británicos se infligieron a sí mismos con su decisión de abandonar la Unión Europea.

El descarte de Barcelona para albergarla es también un efecto directo, una pérdida clara para Barcelona y para España, provocada por los independentistas catalanes. Cuando se decidió crear la agencia en 1995, Barcelona fue la segunda ciudad favorita, justo después de Londres, y desde entonces ha mejorado muchísimo sus infraestructuras, lo que en buena lógica indicaría que podría muy bien habérsele adjudicado el traslado.

El Gobierno de España así lo entendió cuando propuso la capital catalana, porque era sin duda la opción más adecuada desde el punto de vista técnico y humano. Su descarte a la primera de cambio es claramente un efecto del tóxico ambiente político que han provocado, y aún siguen provocando, los irresponsables dirigentes del independentismo.

Que Carles Puigdemont se haya atrevido a culpar al Gobierno de este resultado solo demuestra su bajeza moral y su absoluta incapacidad para reconocer la realidad.

Hay quien cree que en España había otras candidaturas que hubieran podido cumplir también los requisitos exigidos y que no estaban contaminadas por el virus de la inestabilidad que ha traído el independentismo.

Sin embargo, eso habría sido hacer el juego otra vez a los que se empeñan en abonar el victimismo separatista o el aislacionismo de todo lo que tenga que ver con España. Este error -considerar que era mejor evitar manifestaciones de presencia del Estado en Cataluña o de actos que reflejen la unidad de intereses de todos los españoles- ya ha tenido efectos muy perniciosos en el pasado y es algo que deberemos evitar en el futuro.

Proponer Barcelona para la EMA con toda naturalidad, a pesar de saber que sería muy difícil o incluso imposible en este ambiente político, ha sido la mejor señal que podía enviar el Gobierno a todos los españoles sobre las coordenadas de un gravísimo problema que nos afecta a todos.

En realidad, perder la EMA forma parte de los nocivos efectos secundarios, del gravísimo perjuicio que los separatistas han provocado en los intereses económicos de los catalanes, desastre social aparte.

El repaso resulta demoledor. En poco más de mes y medio, 2.621 empresas se han marchado, social o fiscalmente, a otra región; la bajada de reservas turísticas ha descendido un 20 por ciento con respecto al mismo periodo del año pasado; ha perdido pujanza y se ha devaluado el mercado inmobiliario, baja la inversión extranjera y la creación de empleo sufre fatigas evidentes.

Se tardará mucho tiempo en revertir esta situación. Los independentistas ya forman parte de la parte más negra de la historia de Cataluña.