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José Luis Rodríguez Zapatero.

"Crisis" era una palabra prohibida en el hemisferio de La Moncloa

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¿Debe dimitir Zapatero para dejar paso a un líder socialista con credibilidad?

La falsa encrucijada es decir que apoyamos incondicionalmente al presidente socialista o estamos favoreciendo al PP

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Carlos Carnicero, 13 de mayo de 2010 a las 20:09

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Ya está bien, por ejemplo, de no poder criticar a Baltasar Garzón, convertido en héroe, y tener que ser esclavo de denostar todos los días al Tribunal Supremo para estar dentro de la ortodoxia del progresismo institucionalizado
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José Luis Rodríguez Zapatero.

  • Leire Pajín.
  • Méndez, Toxo y Zapatero.
  • José Luis Rodríguez Zapatero.
  • José Luis Rodríguez Zapatero.

Me encuentro en una curiosa contradicción aunque soportable: no tenemos más remedio que apoyar las medidas que el presidente Zapatero expuso ayer en el Congreso de los Diputados -porque creo que son absolutamente inevitables- y al mismo tiempo estoy convencido de que no tiene capacidad de liderazgo ni crédito político para llevarlas a cabo.

Es decir, creo que hay que hacer lo que dijo el presidente, pero siento que él ya no puede hacerlo. Y además, que de seguir en la presidencia del Gobierno y en la secretaría general del Partido le va a ocasionar un daño al PSOE del que tardará mucho tiempo en curarse.

Y además ya nos amenazan otra vez con la encrucijada falsa. O apoyamos incondicionalmente al presidente socialista o estamos favoreciendo al PP. Eso es un sofisma ya insoportable.

Si Mariano Rajoy sale beneficiado o no dependerá de sus aciertos o de los errores de sus adversarios y no del análisis que se haga de la acción del Gobierno.

Secuestrar el pensamiento libre para evitar el desgaste propio y el beneficio ajeno es una forma sutil de censura.

Yo me niego a justificar mis posiciones salvo con el peso de los argumentos y no con el análisis de la intención que se les supone.

Ya está bien, por ejemplo, de no poder criticar a Baltasar Garzón, convertido en héroe, y tener que ser esclavo de denostar todos los días al Tribunal Supremo para estar dentro de la ortodoxia del progresismo institucionalizado.

Quienes tienen que justificar su falta de confianza en las instituciones democráticas de este país son quienes las vituperan, no quien las defienden. Y entre otras cosas acordarse todos los días de que fue personalmente el presidente del Gobierno quien designó, saltándose hasta las formas, al presidente del Tribunal Supremo y del Consejo del Poder Judicial, Carlos Dívar. Un poco de coherencia, por favor.

Hay miedo a tener criterios propios y a que defender unas posiciones propias conduzca a ser acusado de que se está alineado con la derecha; sucumbir a este chantaje es sólo un acto de cobardía intelectual.

Las cosas son como son, como uno íntimamente cree que son, y no de acuerdo a las consecuencias que promueve posicionarse sobre ellas.

El pensamiento de izquierda se está burocratizando y la esclerosis de los partidos socialdemócratas tiene que ver con un pensamiento subordinado, carente de independencia. Es imposible generar nuevas ideas sin la contradicción dentro de los partidos.

Pero estamos en las medidas del Gobierno.

El presidente nos quiere hacer creer que las tuvo que tomar por los cambios de situación que se han producido en esta semana. No es cierto.

Eso es una falacia escapista. La virulencia de los mercados y la posición de la Unión Europea ha hecho que las haya tenido que tomar de mala manera, y a todo correr, pero unas medidas de recorte del gasto y de confrontación con las crisis las tenía que haber tomado hace mucho tiempo.

Y no fue capaz de hacerlo y no tuvo la visión para hacerlo: fracasó. Los alemanes hace tres años que alargaron la edad de jubilación y tomaron muchas medidas para afrontar la crisis: y los mercados no se han cebado con ellos porque tienen mejor defensa que nosotros. Les mercados han atacado a las economías débiles.

Hace tan sólo dos años, el 14 de enero del 2008, en un informe interno del PSOE que recogía declaraciones de una entrevista en el diario El Mundo, el presidente del Gobierno decía:

"España puede superar a Francia en renta per cápita en 2013, y añadió que será uno de los objetivos que planteará a los españoles para los próximos años".

En la segunda parte de una entrevista al diario ‘El Mundo', el jefe del Ejecutivo indica que España ya ha superado a Italia en renta per cápita y que "es perfectamente posible que pueda superar también a Francia, una de las economías más grandes de la UE".

Desde los inicios de la crisis el presidente trató de catastrofista a quien participaba de ese diagnóstico.

"Crisis" era una palabra prohibida en el hemisferio de La Moncloa, pasaron los meses y la tozudez se ha ido convirtiendo en obsesión. Se ha perdido un tiempo precioso para haber podido acompasar los recortes de una forma razonable. Eso nos ha perjudicado a todos.

Eso es verdad en sí mismo, independientemente de que le favorezca a Rajoy o no. Y abdicar del derecho a decirlo no es otra cosa que una forma de secuestrar el debate democrático.

Se pretende sostener que las medidas se han tomado por las virulencias de los mercados y no que nuestra debilidad frente a ellos es por unos males estructurales de la economía española a los que el Gobierno no ha sabido hacer frente con tiempo suficiente.

El detonante no es más que la fase final de un proceso, pero no el proceso mismo. Nadie puede afirmar que última gota de un vaso desbordado es el problema: había que haber previsto que se iba a llenar.

En política se puede corregir desde la honradez intelectual. Pero más importante es asumir las consecuencias de los hechos que uno ha promovido. Cada elección en la vida tiene una consecuencia, sobre todo porque significa renunciar a otras opciones.

El optimismo electoralista del 2008 donde se decidió el regalo fiscal de 400 euros por contribuyente, continúo en el ejercicio de la acción política del presidente durante todos estos años, anunciando el final de la crisis y el comienzo del crecimiento: y el desenlace es todo lo contario.

La crisis ha golpeado a todos los países europeos. Algunos, como Alemania, llevan tiempo preparándose para ello. Aquí siempre ha primado la propaganda para ocultar la realidad.

Un día éramos ejemplo del mundo por nuestro sistema financiero; al día siguiente anunciábamos que la crisis había tocado fondo. Y el desenlace es la bajada de sueldo de los funcionarios públicos, la congelación de las pensiones y otras medidas de ajuste duro que no se diferencian mucho de las aplicadas en Grecia.

La pregunta clave es; mejor dicho, las dos preguntas claves son:

  • ¿tiene crédito el presidente de Gobierno para liderar el sacrificio de los españoles después de tantos errores cometidos?
  • Segunda, un presidente de Gobierno que se ha equivocado tanto y ha tenido que rectificar para sostener todo lo contrario de lo que ha sido el leit motiv de su posición política desde las últimas elecciones, no debiera dimitir de su puesto?
  • Y añadiría otra más: ¿no se le hará un daño irreparable al PSOE si el presidente Zapatero sigue ocupando la presidencia del Gobierno hasta las próximas elecciones?

¿No sería razonable lanzar desde ahora a otro candidato que tenga tiempo de ganar los créditos que le permitan salir vencedor en el 2012?

No se crearía ningún vacío de poder. Otro candidato socialista que no esté quemado por lo sucedido podría someterse a la investidura en el Congreso de los diputados, optando a acabar la legislatura con toda legitimidad, con o sin formación de un gobierno con participación de otros partidos políticos.

Y además, el presidente, si lo considera necesario, puede dimitir y convocar elecciones generales para que los españoles decidan en este escenario de crisis a quien le quieren dar la confianza.

Son todas estas cuestiones habituales en los países de nuestro entorno en donde la política todavía tiene un precio que deben pagar los políticos por sus errores.

Ahora, aquí, estamos sencillamente empantanados: con un presidente que ha dilapidado un capital político excelente y un líder de la oposición, a punto de ahogarse en una marea de corrupción. No es un escenario normal y las decisiones para salir de él también debieran ser extraordinarias.

Y esto, proponer este debate desde la humildad de este blog, no es más que el ejercicio de un deber de compromiso, para colaborar en evitar que la socialdemocracia termine por ser un vector testimonial de las políticas que van a diseñar el futuro.

NOTA.- este artículo fue publicado originalemnte en el blog de Carlos Carnicero. Para comentar, pinchar aquí.



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