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Opinión / Concha Minguela

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Garzón, un juez progresista enredado en su ego

Concha Minguela, 17 de enero de 2012 a las 17:56

El juez Baltasar Garzón.

El juez Baltasar Garzón.

EFE/Archivo

Mientras España sienta en el banquillo a uno de los jueces que más comandos terroristas ha encarcelado y más golpes ha asestado al narcotráfico gallego, el resto del mundo se lleva las manos a la cabeza escandalizado. Baltasar Garzón es juzgado por presunta prevaricación al haber ordenado las escuchas telefónicas entre los abogados de la trama Gürtel y sus clientes, los imputados. El haber sido avalado por el fiscal y dos jueces más, no le ha servido de nada. A todas luces, se trata de un ajuste de cuentas por el que se enfrenta a veinte años de inhabilitación profesional. O lo que es lo mismo, un revanchismo para librarse de un juez claramente indigesto para el sector más ultraconservador de este país.

El Código Penal no autoriza estas escuchas salvo en los casos de terrorismo y narcotráfico. Lo que Garzón investigaba es un delito de corrupción. No obstante, dichas grabaciones fueron avaladas por el fiscal y dos jueces, además del juez que continuó instruyendo el caso. Por tanto, es opinable la supuesta prevaricación, máxime cuando el juez Garzón nunca utilizó el contenido de dichas escuchas. En otro contexto social y político, ningún Tribunal Supremo se hubiera atrevido a ir tan lejos como para sentar en el banquillo a un magistrado con un prestigio internacional tan ganado a pulso. Se enfrenta a una inhabilitación entre diez y veinte años. Asunto difícil y grave para el juez que tiene en su contra, las ampollas que su inteligencia, tan grande como su ego, despierta entre sus compañeros.

Detrás de este linchamiento judicial subyacen envidias y celos profesionales de una buena parte de la magistratura española, especialmente la conservadora, que no ha llevado bien los métodos Garzón que le llevaron a ser considerado en todo el mundo como un juez estrella. Si a esto le añadimos el protagonismo de Garzón en la investigación de la cúpula militar del proceso argentino, que consiguió que muchos de los torturadores y asesinos fueran encausados, y la instrucción de la llamada memoria histórica, buscando justicia para los ajusticiados del bando republicano en España durante la guerra civil española, el cóctel está servido. A la derecha franquista no les pareció estético ordenar la exhumación de cadáveres comunistas de las fosas comunes.

Garzón se ha acabado enredando en un red de insidias y revanchas que el mismo dio pie a tejer cuando se puso el mundo por montera e imitó la práctica de métodos americanos que no reconoce nuestro estado de Derecho. Su legítima recusación de varios jueces por enemistad manifiesta tampoco le ha servido de mucho para su defensa. Aunque las asociaciones más progresistas de España se manifiestan constantemente pidiendo un tratamiento justo para él, un sector ultraconservador le tiene atragantado y no parará a la hora de usar todos los resortes judiciales a su alcance para sacarle de la magistratura.

En dos décadas de ejercicio profesional, Garzón ha pasado de héroe a villano, según sus causas beneficien o perjudiquen políticamente a conservadores o a socialistas.
En la instrucción del caso GAL, durante los primeros años de la década de los noventa, Garzón jugó a favor del viento conservador. En aquella ocasión fue el Partido Popular quien se había presentado como acusación privada contra la cúpula socialista del ministerio de Interior, y aunque su instrucción, llegando a acuerdos ilegales de todo tipo con los dos imputados y testigos principales, los policías Amedo y Dominguez, consiguió llevar a la cárcel al ministro de Interior socialista, José Barrionuevo y al Secretario de Estado de la Seguridad, Rafael Vera y a punto estuvo de conseguirlo con el presidente del Gobierno, Felipe González, el llamado señor X, a quien hacía responsable de los crímenes antiterroristas de los GAL.

Aquello fue una auténtica aberración, sino judicial, al menos política, pues cargó de razones a los etarras al encarcelar a los luchadores contra el terrorismo, lo que hizo resucitar la actividad de ETA y protagonizar una época de envalentonamiento y máxima actividad asesina. Pero los tiempos políticos estaban cambiando y un joven Aznar, con su lugarteniente Cascos, mostraron muy pocos escrúpulos a la hora de negociar con un director de periódico, que día sí y día también desarrolló durante años una campaña sin cuartel contra los socialistas. De hecho, el gobierno González estaba en sus horas más bajas y el PP pujaba con fuerza y aparecía como auténtico ganador.

En un alarde de astucia, Felipe González captó a Garzón como político para la causa socialista. Fue la primera vez que el juez pasó de héroe a villano ante la opinión pública conservadora. Pocos meses después, Garzón al no ver compensadas sus aspiraciones políticas dejó su cargo de mando único de la Lucha contra la Droga y volvió a la judicatura, retomando el tema GAL. En ese momento, y no antes, utilizó todos sus conocimientos de político al otro lado del telón y metió en la cárcel a la cúpula entera de Interior del anterior gobierno socialista. Fue una equivocada actuación histórica ante el mundo y Garzón volvió a ser héroe de la derecha a pesar de su actuación más que dudosa y de los probados acuerdos y chantajes a los policías Amedo y Domínguez.

Baltasar Garzón, de talante claramente progresista, quizá nunca digirió el flaco favor que hizo a la democracia y a la Seguridad del Estado, con su bizarra actuación, más basada en el ego personal que en el servicio público y la lucha contra el terrorismo. Y digo quizá, porque a partir de aquellas actuaciones quiso alejarse del aplauso de la derecha y comenzó sus cruzadas contra los torturadores argentinos primero, y contra los fascistas de la guerra civil española después. La trama Gürtel ha sido la gota que ha colmado el vaso ya que tiene involucrados a un buen puñado de cargos de gobierno del Partido Popular.



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