Opinión
Xavier Domènech, Pablo Iglesias e Íñigo Errejón (PODEMOS). PD

EL líder de Podemos responde al patrón de marxista bajo la apariencia de joven profesor universitario, categoría que el propio Iglesias se encarga de relativizar y desmentir con sus modales y falsa erudición (El PSOE aprovecha la grieta machista de Iglesias para darle con todo).

No hay que engañarse: los buenos marxistas son profundamente homófobos y desprecian a la mujer. La Cuba castrista es un ejemplo de esa homofobia e Iglesias es un exponente del machismo izquierdista más burdo (Pablo Iglesias pisa un gran charco machista: prefiere a Irene Montero cuidándole y no como ministra ).

Ya lo exhibió al comentar que azotaría a una periodista «hasta que sangrara» y ahora se ha lanzado a adoctrinar a sus bases sobre el concepto de feminización de la vida pública.

Quien pensara que Iglesias iba a defender la igualdad de oportunidades entre hombre y mujer, el acceso de esta a más y mayores responsabilidades empresariales o la implantación de una política activa de conciliación familiar y laboral, erraba.

Para él, «feminizar» la vida pública consiste en hacer de madres, algo así como convertir el cuidado maternal en directriz de la sociedad. Por mucho menos, cualquier otro estaría acorralado por las críticas de las feministas y alentado a dimitir.

Hay que agradecerle que se retrate con tanta sinceridad. Es la manera más eficaz de que los jóvenes puedan tener una imagen fiel de lo que realmente representa la izquierda extremista y populista que lidera este producto de la coyuntura crítica del PSOE y de los artificios de las tertulias televisivas.

No respeta a los muertos, como Rita Barberá, y apoya a dictadores, como Castro, o terroristas, como Otegui. Defiende a violentos, como el sindicalista Andrés Bódalo. Propugna la discordia y el enfrentamiento como alternativa a la política institucional.

Iglesias se ha ganado a pulso las comparaciones con Trump, aunque al líder de Podemos aún le falta ganar unas elecciones. Y quien vote a Iglesias ya sabe lo que vota: a una izquierda totalitaria, misógina y antihistórica.

Su idea sobre cómo «feminizar» la sociedad es una antigualla, como su marxismo, propia de regímenes patriarcales, en el sentido estricto del término, que reducen a la mujer a sus actitudes maternales.