Opinión
Miles de personas se manifiestan en Barcelona contra la independencia de Cataluña. CT
Es necesario que la manifestación de ayer no quede reducida a una anécdota escondida en la hemeroteca, sino que se convierta en el síntoma de una reacción civil contra el separatismo

MILES de catalanes respondieron este 19 de marzo de 2017 en Barcelona al llamamiento de Societat Civil Catalana para protestar públicamente contra el proceso separatista y reclamar convivencia y democracia en Cataluña.

Las discrepancias entre los convocantes y la Guardia Urbana sobre el número de asistentes no debe distraer la valoración que merece un acto de este tipo en una sociedad dominada hegemónicamente por el nacionalismo en todos sus ámbitos (Sociedad Civil Catalana saca miles de personas a las calles de Barcelona contra la independencia de Cataluña).

El hecho en sí de que fuera una manifestación pública para reivindicar la unión de Cataluña con el resto de España resulta suficiente para reconocer la importancia que tiene.

Como en toda sociedad con un nacionalismo agresivo, de palabra y de hechos, los discrepantes deben optar entre el silencio y la acusación, entre la sumisión y la represalia.

Pero si algo será eficaz contra el separatismo es que la sociedad catalana no nacionalista tome la palabra y salga con ella a la calle.

Las leyes y los tribunales pueden y deben hacer su trabajo para asegurar el imperio de la Constitución y de los valores democráticos, pero es preciso que el nacionalismo deje de atribuirse la propiedad de Cataluña y de lo catalán, y esto depende únicamente de que los no nacionalistas alcen su voz.

Para que lo hagan tienen que sentirse respaldados por las instituciones centrales del Estado y los partidos nacionales que creen en la unidad de España. En la manifestación de ayer faltaron los dirigentes del Partido de los Socialistas de Cataluña, que sí estuvieron en la manifestación convocada por los nacionalistas contra el Tribunal Constitucional en mayo pasado.

Mientras el separatismo encuentre estas fisuras abiertas por el socialismo, siempre tendrá opciones para seguir dividiendo a la sociedad catalana.

Ahora importa que la voz de los catalanes constitucionalistas no se apague, ni la apaguen.

La mejor «operación diálogo» en Cataluña no es la que acepta la agenda nacionalista como guión para el contacto entre el Gobierno central y el catalán, sino la que haga aflorar en toda su dimensión esa sociedad que ayer se manifestó en Barcelona.

De esta manera acabará el monólogo nacionalista y podrá iniciarse el diálogo democrático, desterrado de Cataluña por la implantación de una estrategia de confrontación inconstitucional.

Clases medias, intelectuales, periodistas, profesionales y empresarios que creen en la pertenencia de Cataluña a España deben tener las condiciones necesarias de respaldo institucional y político para dar cuerpo a su preocupación por el proceso separatista.

Es necesario que la manifestación de ayer no quede reducida a una anécdota escondida en la hemeroteca, sino que se convierta en el síntoma de una reacción civil contra el separatismo.