Opinión
Manifestantes independentistas catalanes en la explanada del Parque del Cincuentenario de Bruselas. EF

LA manifestación independentista que ayer discurrió por el centro de Bruselas es la confirmación de que el discurso eurófobo de Carles Puigdemont empieza a calar en una parte importante de su electorado como un signo distintivo más de su ideología.

Los manifestantes criticaban en sus pancartas la falta de apoyo de la Unión Europea a la declaración unilateral de independencia, lo que no hace sino expresar la quiebra absoluta entre el voluntarismo separatista y la realidad europea.

Para Europa, el nacionalismo es su verdugo y, por eso, la actual UE surgió como una comunidad de Estados europeos que previniera nuevas guerras nacionalistas, como lo fueron las dos guerras mundiales.

Los conflictos de los Balcanes y de Kosovo recordaron a la Europa de finales de siglo XX lo trágicamente vivo que está aún el veneno nacionalista. No quieren entender que Europa dijo no al separatismo catalán porque su historia está lacerada por el odio nacionalista.

El antieuropeísmo de este movimiento separatista es la consecuencia natural de su política antiespañola. España es un Estado que representa los mejores valores europeos. Es una democracia ejemplar, un Estado de Derecho sólido y cuenta con una sociedad moderna y solidaria.

Estar contra España situaba a los separatistas inevitablemente contra Europa y al lado de los defensores más acérrimos de la destrucción del proyecto europeo, que son, además, los defensores de una Europa racista, xenófoba y totalitaria. Nadie debe extrañarse de esta reagrupación de los enemigos de la UE, porque la deriva del nacionalismo, cuando rompe amarras con la legalidad y la democracia, es volver a su veta autoritaria y supremacista.

Todo tiene consecuencias. La fundamental es que el separatismo catalán se encuentra tan encerrado en sus limitaciones como Puigdemont en Bruselas después de la inteligente decisión del juez Llarena de dejar sin efecto la euroorden contra el expresidente de la Generalitat.

El secesionismo liderado por Puigdemont y Junqueras está encapsulado en la política europea en el mismo espacio que ocupan los populistas de extrema derecha e izquierda. Después de romper con España, ha decidido romper con Europa y, en la actualidad, esta opción política condena a la marginación en los foros europeos.

La transición del nacionalismo catalán es dramática. De ser una opción que participaba en la gobernabilidad de España, se ha convertido en un factor de enfrentamiento civil.

De presentar a Cataluña como la vertiente más europeísta de España, la han transformado en un eco balcánico con rasgos incipientes del peor populismo nacionalista, similar al de que aquellos que, en los años treinta del siglo pasado, también se atribuían la representación del pueblo y querían nuevas fronteras.