Opinión
banderas de los separatistas belgas de la Nueva Alianza Flamenca. EF

LA ética en la política exige también una estética. Los separatistas catalanes están perdiendo una y otra con su complaciente aceptación del apoyo que les prestan los ultraderechistas flamencos, tan nacionalistas como ellos y representantes de ese populismo de extrema derecha tan arraigado, desde hace décadas, en muchos países europeos, como bien comprobaron Hitler y Mussolini.

Coincidir con ultraderechistas xenófobos, como tantos miembros del partido Nueva Alianza Flamenca, admitir su apoyo público y coordinar con ellos acciones contra España y contra Europa es incompatible con la condición de demócrata y europeísta.

Los nacionalistas catalanes se han estampado en la frente un sello de indignidad al comunicar a Europa que su único aliado es una formación xenófoba, de sesgo neofascista, que destapa la veta autoritaria y totalitaria que anima todo nacionalismo segregacionista.

Hoy ya no se puede hablar de un nacionalismo catalán moderado, porque la senda populista iniciada por sus dirigentes ha exigido sacrificar cualquier valor democrático de moderación y ecuanimidad. Por eso, sólo reciben el apoyo de quienes comulgan con ellos en la exaltación del pueblo como un ente superior a las personas, que no admite disidencias políticas ni derechos individuales y que desprecia a los demás ciudadanos como inferiores.

La desvergüenza de los dirigentes nacionalistas catalanes no acaba con su aceptación de este apoyo ultra de la N-VA, sino que se remata cuando acusan de «franquistas» a los partidos constitucionalistas, PP, PSC y Cs. Habla mal de unos partidos que se atrevan a asociar a una dictadura la aplicación de una Constitución democrática y la actuación de unos tribunales independientes.

Los mismos que se manifiestan con un partido flamenco cuyos líderes se declaran nostálgicos de Hitler se revisten en España de una hipócrita sensibilidad democrática para descalificar como dictatorial el funcionamiento del Estado. Todas estas manifestaciones del enloquecimiento populista del separatismo catalán no deben percibirse como algo anómalo.

Revelan el verdadero rostro del nacionalismo identitario, cuyos fundamentos son predemocráticos y antiilustrados, porque sustituyen al ciudadano por el pueblo. El proceso separatista en Cataluña fue algo más que una sucesión de actos ilegales.

Fue la manifestación de un nacionalismo totalitario que solo concibe el poder político como un instrumento de control sobre los medios de comunicación, el sistema educativo y el poder judicial. Plantearse el futuro posterior al 21-D como un nuevo escenario de nuevas concesiones a la Generalitat o de pasar página es lo que desea el nacionalismo catalán, cuyo salto a la indigna cooperación con el ultraderechismo europeo no debería quedar impune en las urnas.