Opinión
Un meme de Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid, que circula por la Red. PD
Carmena no ganó las elecciones: si no es capaz de gobernar a su equipo, es imposible que lo sea de toda una capital

El Ayuntamiento de Madrid se haya sumido en una crisis profunda casi desde el comienzo de la legislatura, aunque es ahora cuando lo percibe de manera abrumadora la opinión pública por la insumisión de hasta seis concejales de Carmena a las decisiones de la propia alcaldesa y la destitución de sus funciones de uno de ellos, el más conocido, Carlos Sánchez Mato, ya extitular de Hacienda.

En realidad, las divisiones internas y los enfrentamientos entre las incontables familias que conforman 'Ahora Madrid' han estado a la orden del día desde que Carmena llegara a la alcaldía, sin haber ganado las elecciones, por el apoyo de un PSOE sumido en sus propios problemas y encabezado en el Ayuntamiento capitalino por una dirigente, Puri Causapié, que ni siquiera encabezó la candidatura de su partido.

Es decir, la primera ciudad de España está gobernada por una persona que no logró la victoria, que se apoya en un partido que despachó a su candidato para imponer a una desconocida para sus propios votantes y que se gestiona a golpe de improvisación y división por una amalgama de siglas, movimientos, intereses y criterios incompatibles con el rigor, la seriedad y la cohesión exigibles en tan crucial tarea.

La destitución de Mato, imputado por varios delitos junto a su comapañera Celia Mayer, es el clímax de una degradación presente desde la toma de posesión, sólo disimulada por la buena imagen de la propia Carmena y la complicidad general de los medios de comunicación, mayoritariamente dispuestos a potenciar sus virtudes y a situarla al margen de los desperfectos causados por su Gobierno.

De mal en peor

Pero lo cierto es que Madrid tiene una tasa de paro mayor que la de su región, algo inédito desde hace décadas; carece de presupuestos para 2018; ha enfriado inversiones empresariales y paralizado proyectos económicos cruciales y, finalmente, ofrecido un espectáculo deplorable en cuestiones tan sensibles como el separatismo -contra el que Madrid tiene un papel constitucional y simbólico que ha despreciado-; el recuerdo de las víctimas -negándose hasta el último momento a homenajear individualmente a Miguel Ángel Blanco- o, en general, la preponderancia del sectarismo y la frivolidad sobre la gestión y el respeto en una ciudad muy sucia y desmotivada como nunca en el pasado.

Aunque a Carmena se le han perdonado como a nadie las llamadas carmenadas (la folclórica cbalgata de Reyes, la idea de utilizar niños para recoger colillas o madres para limpiar sus aulas, entre tantas otras), lo cierto es que gobierna la capital de España a golpe de ocurrencia y con una división tremenda fruto de las facciones que componen el Gobierno local: eso que llaman "confluencias" pero en realidad es un impúdico reparto de cuotas de poder.

La cuestión central, no obstante, es que el PSOE lo permite y prolonga con sus votos. Se podía comprender con Esperanza Aguirre al frente en la España de hace dos años que vivía un feroz pulso de Pedro Sánchez contra Mariano Rajoy en el que Ferraz se posicionaba, para defenderse de sus enemigos internos, aliándose con cualquier fuerza que le permitiera alcanzar cuotas de poder y aspirar a pactos a modo de ensayo para alcnazar La Moncloa por la puerta de atrás.

Ahora todo ha cambiado y Sánchez es un líder indiscutido en el PSOE que no sólo no necesita pactar con cualquiera, sino que casi le favorece distanciarse de Podemos y sus marcas blancas para recuperar la condición de izquierda moderada capaz de estructurar España, tal y como históricamente siempre hizo.

Si el PSOE se ha entendido con el PP y con Ciudadanos para intervenir en Cataluña, felizmente, al objeto de restituir allí la Constitución y el Estatut, ¿por qué tiene que prolongar su respaldo a un Gobierno folclórico, enfrentado y perdedor?

Una emergencia

La emergencia en Madrid, que es un escaparate de toda España ante el mundo, es evidente. Y la necesidad de que el PSOE esté a la altura, también. No se trata de devolverle la alcaldía al PP y llegar así hasta las próximas Elecciones Municipales, sino de librar a la ciudad del esperpento que la asola, buscando soluciones excepcionales con las que llegar al final de la legislatura: un Gobierno técnico, con concejales de los tres partidos y una hoja de ruta muy centrada en la gestión, sería una salida razonable y probablemente aplaudida por la inmensa mayoría de los madrileños. La propuesta del portavoz popular, José Luis Martínez Almeida, debe ser escuchada y negociada por todos.

Cualquier opción es mejor que la vigente. Porque si Carmena es incapaz de gobernar a su propio equipo, ¿cómo va a serlo del conjunto de los ciudadanos?