Opinión
José Enrique Abuín Gey, alias El Chicle, asesino de Diana Quer. EF

El de la imagen es José Enrique Abuín Gey, apodado El Chicle, asesino confeso de Diana Quer. Aunque todo el mundo conoce su rostro de roedor de tamaño medio, entre el ratón y el conejo, su detención y traslado se hizo a cara cubierta, con una capucha de algodón o una especie de bolsa de papel de aluminio que evitaba su identificación.

Quería esconderse de algo inocultable, como si mirar al mundo de frente le fuera a convertir en una figura de sal, pulverizada su ya exigua condición humana por el desprecio unánime de los espectadores.

Su intento de taparse tiene lógica y demuestra que hasta un asesino pervertido tiene prurito personal y algo parecido a conciencia: prefiere que no le conozcan, aunque las redes sociales se han encargado de difundir incontables fotos suyas que demuestran, de nuevo, que el mal puede tener la cara más vulgar, el mohín más ovino, el aspecto más cutre.

A cara tapada

Pero cabe preguntarse qué tipo de extraño mecanismo opera para que a El Chicle se le permita esconderse en vano, a diferencia de otros presuntos delincuentes paseados como trofeos por los Cuerpos de Seguridad para que se les vea bien y difundir el mensaje de que quien la hace la paga y la empieza a pagar, en términos de prestigio, con una exhibición de su rostro sin disfraces.

La imagen de Rato al ser detenido, entrando a un coche policial mientras un agente le empujaba por el cogote, dio la vuelta al mundo y se presentó como un gesto ejemplarizante, un vasito de placer para las gentes ansiosas de calmar su sed de venganza: aquí tienen al pájaro entrando en la jaula, con una humillante colleja que se parece a la que usted le daría, venía a decir aquella foto.

La procesión

No es la única: desde Ignacio González hasta Manuel Chaves o Miguel Blesa, la procesión de personajes públicos sometidos a la pena de Telediario como antesala de la condena oficial ha tenido en su exhibición previa un ingrediente más de la acción policial y judicial que, con El Chicle, se ha evitado.

Produciendo muchas náuseas la corrupción, es un juego de niños al lado del crimen de Diana Quer. Pero los posibles responsables de los primeros delitos fueron mostrados a pecho descubierto y al seguro autor del brutal asesinato se le ha consentido guarecerse, como si el Lobo Feroz mereciera más atenciones que Caperucita Roja.

Habrá una explicación oficial, seguro, pero nadie la entiende.