Opinión
Artur Mas. CT

La renuncia de Artur Mas a la presidencia del PDECat es el síntoma más palpable del proceso de descomposición en que ha entrado el independentismo catalán.

En las últimas horas, Mas había sugerido a Carles Puigdemont un gesto de «generosidad» para dar un paso atrás en su obsesiva pretensión de ser reelegido presidente de la Generalitat, y había apelado a la necesidad de que Cataluña tenga un Gobierno estable.

Sin embargo, Puigdemont no solo se ha declarado en rebeldía contra la Justicia, sino también contra buena parte de su partido. Hasta Artur Mas sabe que con Puigdemont huido, en el trance de ser detenido en cuanto pise territorio español, y con una condena penal en ciernes, es sencillamente imposible que pueda ser investido presidente de nada.

Probablemente, la dimisión sea la única decisión clarividente adoptada por Mas en los últimos años. Ha sido el máximo responsable de la delirante deriva tomada por su partido hacia el fracaso separatista; el culpable de que Puigdemont haya continuado su chantaje al Estado y su agresión a las leyes españolas; el gestor de la traumática ruptura de Convergència i Unió y de la muerte de Convergència; el causante de que CiU perdiese un sentido pragmático de la política; y el responsable, como encubridor continuista del pujolismo, de no limpiar su partido de corrupción.

De hecho, en los próximos días es muy probable que la extinta Convergència reciba una severa condena penal de los Tribunales por su financiación ilegal a través de la trama del Palau.

La salida de Artur Mas, como la renuncia ayer a su escaño de Carles Mundó para avivar la crisis de liderazgo de ERC, arrastra la estela de una merecida derrota. El mero hecho de admitir ahora que el independentismo no tiene la fuerza suficiente para «imponer nada» es el reconocimiento de un fracaso político y personal.

Artur Mas fue justamente inhabilitado por el Tribunal Supremo por imponer la consulta farsa del 9-N de 2014, y multado por el Tribunal de Cuentas por desviar dinero público para ese pseudo-referéndum.

Además, fue vetado por la CUP para ser presidente de la Generalitat y sustituido por Puigdemont. Su trayectoria política ha sido demoledora para su partido y para toda Cataluña porque es imposible cometer más errores en menos tiempo.

Haber creído que el separatismo ganaría un pulso tan virulento al Estado, y contemplar cómo el Código Penal y la propia Constitución a través de su artículo 155 han destrozado sus planes, ha debido causarle estragos. Mas sabía que el futuro de Cataluña ya no pasaba ni por él ni por Puigdemont.

Solo falta que el expresidente fugado recupere la cordura y se ponga a disposición de la Justicia, para que el nuevo Parlamento catalán halle la manera de avalar un futuro Gobierno que se someta a la legalidad, y respete tanto a la Constitución y como a los catalanes.