Opinión
Oriol Junqueras y Carles Puigdemont. EF

LAMENTABLEMENTE, Cataluña vuelve a instalarse en lo que parece otro punto de no retorno.

El principio de acuerdo anunciado ayer entre Puigdemont y ERC para que haya una mayoría independentista en la Mesa del Parlament y un separatista en la Presidencia de la institución, tenía la trampa de sugerir que los republicanos apoyarían también la investidura de Puigdemont sin condiciones y fugado de la Justicia.

Sin embargo, ERC no tardó en matizar que no habrá un investido a distancia, lo cual deja todas las opciones abiertas, incluida la repetición de las elecciones. No será fácil que ERC le avale porque su desconfianza en él es extrema.

Otra vez el separatismo antepone su tacticismo inmoral y su instinto de supervivencia a la estabilidad de los catalanes. Sencillamente, Puigdemont no puede ser proclamado presidente de la Generalitat en ausencia.

Retorcer el reglamento del Parlament para permitirlo quedaría inmediatamente suspendido por el TC por ser un fraude, y Puigdemont solo tendría la opción de regresar para ser detenido.

Sopesar la idea de que Puigdemont pueda gobernar en rebeldía, o previo acuerdo con la Fiscalía para garantizar su libertad y seguir construyendo su infame «república catalana», es contribuir a dar una imagen ridícula de Cataluña. Ya no son admisibles más mensajes panfletarios del separatismo porque maltratan a los catalanes.

Cabe la posibilidad de que todo consista en una estratagema de ERC para aislar absolutamente a Puigdemont y forzar al PDECat, ya liberado del peso de Artur Mas, a renegar en unas semanas del expresidente fugado en busca de otro candidato.

Pero en el secesionismo todo es tan confuso y alambicado, que tratar de interpretar cualquier movimiento político con un mínimo de hondura intelectual y sentido político solo conduce a la melancolía.

Nada que esté al margen de la ley será admisible en Cataluña: ni una investidura virtual, ni un presidente o vicepresidente entre barrotes, ni un Gobierno manejado desde Bruselas.

ERC está contribuyendo a enmarañar aún más el futuro, ya suficientemente oscurecido por los delirios del presunto delincuente Puigdemont. Y si a este negro panorama se une el nuevo chantaje de la CUP, aceptando votarle a cambio de perpetuar el chantaje y la «república catalana», el drama político está garantizado para los catalanes en los próximos meses.

Ya nada racional cabe esperar de Puigdemont, ERC y la CUP. Quieren volver a pisotear la ley y pervertir el espíritu real de la democracia. De facto, el 155 se ha desactivado prematuramente.

Cuanto antes desaparezcan del panorama político y sean sometidos a juicio Puigdemont, Mas, Junqueras, Rovira, Forcadell y todos los causantes de este brutal daño, antes podrán los catalanes empezar a pensar en un futuro de cierta normalidad.

Falta hace para cerrar la profunda brecha emocional y económica abierta por el independentismo en su propia sociedad.