Opinión
Mariano Rajoy, presidente del Gobierno de España (PP). Tarek
La regeneración ha de ser creíble y profunda, ya por supervivencia

Es verdad que casos de corrupción tan bochornosos como Gürtel y Púnica se refieren a hechos de hace una década; pero que le sigan afectando de una manera tan contundente y diaria al PP prueba, a su vez, la falta de respuesta política del partido a esos hechos: para la dirección popular puede que todo ello pertenezca al pasado; pero es evidente que para la opinión pública sigue siendo de plena actualidad.

Y lo es por una razón difícil de discutir: el PP ha confiado su regeneración a los tribunales, que tienen sus tiempos, y no a las decisiones internas, que pasan necesariamente por una renovación radical que no se ha producido: la incorporación de nuevas caras, que sí se ha intentado, se queda reducida a un ámbito estrictamente estético si no va acompañada de decisiones y cambios que no han llegado y, en consecuencia, calcinan incluso la capacidad regeneradora de los dirigentes más alejados de aquella época, obligados sin embargo a cargar con ella.

El PP no ha permitido que los Casado, Cifuentes, Moreno, Feijóo y compañía simbolicen de verdad el salto de época y encarnen un mensaje reformista del conjunto de la formación: les ha hecho, simplemente, rehenes de un pasado que no es suyo, cercenando a menudo su capacidad crítica y enviando el mensaje de que su progresión dentro del partido dependía de algún modo de ponerse de perfil o sufrir las consecuencias.

Éxitos oscurecidos

Que la buena gestión de la crisis económica y la razonable respuesta al desafío secesionista no estén dando beneficios a los populares, según todas las encuestas, se debe precisamente a ese fenómeno de resistencia al cambio, no sólo cosmético, y de contención del caudal humano y político que sin duda tienen los populares, taponado por el inmovilismo de quienes, sean o no culpables de nada, siempre son responsables políticos de todo.

Escudarse en el desigual tratamiento que tal exista en los medios de comunicación o en la envergadura de los escándalos que afectan al PSOE en Andalucía, obviamente mayúscula, puede servir para concederse una justificación anímica; pero es inútil a efectos políticos.

Un viaje imprescindible

Cabe preguntarse, sin duda, si Rajoy puede encabezar esa regeneración o si su mera presencia le restaría credibilidad a ese proceso ante la ciudadanía; pero lo que no puede discutirse es que ese viaje es imprescindible e incluye ya la supervivencia de uno de los grandes partidos de Europa como formación ganadora y decisiva.

No es en Ciudadanos donde tiene el PP un problema, sino en un pasado que contiene demasiados episodios indecentes y le resulta muy actual a demasiados españoles: encontrar una respuesta clara a esa certeza es clave para que los populares sigan siendo un actor determinante y positivo en la política nacional, examinado por su gestión, a menudo competente, y no por los lamentables excesos de algunos de sus más cualificados dirigentes.