Opinión
Ana Rosa Quintana y su exclusiva sobre los mensajes de Puigdemont. TV

EL esperpento en que Carles Puigdemont ha situado a la política catalana alcanzó ayer un punto de no retorno. La filtración de unos mensajes telefónicos entre Puigdemont y el que fuera su consejero, también huido, Antoni Comín, fue un episodio más en la farsa que el independentismo ha tejido en torno a la idea de bloquear indefinidamente cualquier solución política para Cataluña.

Sea sincera o no la percepción de Puigdemont de que todo ha llegado a su fin y de que ha sido «sacrificado» por los suyos, lo cierto es que el presunto delincuente hace mucho tiempo que dejó de ser creíble. Su campaña de victimismo alcanza ya un nivel de patetismo con tintes de tragicomedia.

Es evidente que ERC no está por la labor de investirle presidente con una vulneración flagrante de la legalidad. La amenaza de la cárcel, bien lo sabe Oriol Junqueras, no es baladí, y el nuevo presidente del Parlamento catalán actúa por instinto de pura supervivencia.

La mascarada, nunca mejor dicho, de convocar a unos pocos cientos de incondicionales a las puertas del Parlamento catalán reclamando la investidura ilícita de un delincuente es absurda.

Quien piense que el Estado de Derecho no se basa en la separación de poderes, y que basta con la simple elección de una mayoría de escaños separatistas para dar legitimidad a un golpe de Estado, está totalmente equivocado.

El independentismo en Cataluña se ha convertido en un auténtico fraude para los ciudadanos de su autonomía, que ya no merecen más tomaduras de pelo. Puigdemont se ha convertido en un pelele de sí mismo y, frente a la ley pura y dura, ya no valen disfraces ni fuegos de artificio.

Sea real o no su pensamiento de que todo está perdido, sí es cierto que el proceso separatista «se ha terminado». Más de 3.000 empresas punteras han huido de Cataluña.

El hartazgo de un juego suicida ha llegado a un punto de no retorno y la exigencia democrática es la conformación de un gobierno legal a manos de un presidente legítimo. Puigdemont no lo es, ni lo será. Su estado de ánimo personal, después de todo lo ocurrido, es lo de menos.

Su futuro pasa por someterse al TS y por defenderse de una acusación de rebelión. Mientras mantenga como rehenes de su maltrecha figura a los partidos independentistas, y a todos los catalanes, no será posible construir nada útil en Cataluña.

El nivel destructivo de Puigdemont está en el trance de convertirse en un drama para la estabilidad política porque el juego ha terminado. Y mientras insista en escenificar una tragedia teatral en torno a su persona, el error político persistirá porque no tiene sentido seguir manteniendo un pulso al Estado de Derecho desde la vulneración sistemática del derecho penal.

Es una batalla perdida y una ensoñación absurda. Es imprescindible que Cataluña abandone la cobardía y pase página de Puigdemont cuanto antes.