Opinión
Inés Arrimadas (Ciudadanos -CS). EF
Los votos de Ada Colau y Pablo Iglesias no juegan en Cataluña un papel destinado a fortalecer la Constitución, sino a socavarla

EL declive imparable de Carles Puigdemont como icono independentista y candidato a la Presidencia de la Generalitat está obligando al bloque secesionista a buscar alternativas que cierren definitivamente el ciclo fracasado del 1-O.

Tampoco sería razonable ver en estos movimientos una quiebra irreversible del frente formado por ERC, JpC y la CUP, porque a todos los une la voluntad de conservar, a toda costa, la mayoría absoluta de 70 escaños en el Parlamento catalán.

Puigdemont pasará, pero esa mayoría absoluta permanecerá y el conflicto de fondo podrá resurgir de nuevo en cuanto los nacionalistas den por superada esta crisis. Puigdemont será, en una visión de conjunto del problema separatista, una anécdota.

Entre tanto, el constitucionalismo debería contemplar esta situación como una oportunidad para socavar el sentimiento de hegemonía que aún conserva el nacionalismo en la sociedad catalana, de manera irracional, y con no poca base de intimidación colectiva, a la vista de los resultados electorales del 21-D.

La mera observación de la crisis separatista como espectadores no va a facilitar a Ciudadanos, PSC y Partido Popular ningún valor añadido en su posición política. En todo caso, corren el riesgo de perpetuar el papel de actores secundarios en el escenario diseñado por el separatismo.

Con toda lógica política, el impulso a cualquier reacción ante la parálisis separatista correspondería a Ciudadanos y a su líder en Cataluña, Inés Arrimadas, como partido y candidata más votados el 21-D. Es cierto que el PP anima a Arrimadas a dar pasos al frente para intentar evidenciar una supuesta falta de valentía en la dirigente de Ciudadanos, extensiva a este partido a nivel nacional, y así rebajar su atractivo para votantes descontentos con el PP.

Al margen de estas tácticas de desgaste, a Ciudadanos le incumbe en Cataluña una responsabilidad que no está asumiendo en su integridad. Su éxito electoral fue histórico, pero sin continuidad en la acción política puede quedarse en un recuerdo melancólico. También hay que ser realistas.

El ministro portavoz del Gobierno incluso pidió a Ciudadanos que negocie con Podemos en Cataluña, algo que suena más provocador que realista, pero que al mismo tiempo define las limitaciones de Ciudadanos -y, por tanto, del bloque constitucionalista- para lograr la presidencia de la Generalitat.

Los votos de Ada Colau y Pablo Iglesias no juegan en Cataluña un papel destinado a fortalecer la Constitución, sino a socavarla y, además, basta sumar para comprobar que con las renuncias de tres de los diputados fugados a Bélgica, los separatistas ya tienen 68 votos efectivos.

Sin embargo, el liderazgo político que corresponde al partido de Rivera debe animar a este partido a ir más allá del debate sobre la presidencia de la Generalitat, y seguir transmitiendo a la sociedad catalana el mensaje de que el nacionalismo no es dominante y de que, por esto mismo, el constitucionalismo debe mantener la movilización política.