Opinión
Mariano Rajoy, presidente del Gobierno de España (PP). David Mudarra
El PP ondea una bandera para tener relato propio, ahora ocupado por sus rivales hasta extremos casi absolutos

Que el PP ha encontrado en la prisión permanente revisable un caballo de batalla político con el que marcar distancias con todos sus rivales, contrarios a ella por distintas razones; y para sintonizar con la abrumadora mayoría de los españoles, resulta obvio. Pocas banderas ideológicas ha portado el Gobierno en los últimos años, dejando a la oposición y a los partidos nuevos el monopolio de un relato emocional clave siempre en política, pero especialmente en momentos de crisis.

No es compatible la caricatura que la izquierda hace del PP como la "peor derecha de Europa" con la evidencia de que la gestión económica, y en cierto modo tecnocrática, ha marcado la agenda de Rajoy, muy poco ideológica e incluso remisa a ondear las tradicionales causas morales y políticas que han caracterizado al centro-derecha en España en los últimos años.

No sólo Rajoy ha mantenido y suscrito la 'agenda social' acuñada por la izquierda, con sus errores y aciertos, sino que además ha renunciado en no poca medida al impulso reformista en aspectos clave como la Administración Pública o en el ámbito económico, laboral y empresarial, con el impacto que ello ha tenido en las clases medidas y en la conformación de una corriente dominante para explicar que la vida que, muy a menudo, es simplemente falaz o equivocada.

Por eso la prisión permanente revisable, reivindicada ahora desde Andalucía con el anuncio de que se ampliarán los supuestos de aplicación justo cuando el Congreso está a punto de anular la propia ley primigenia, aparece como un poderoso argumento para rearmar una parte del relato perdido.

Pero que esto obedezca a razones estratégicas e interesadas -¿cuándo no lo son en cualquier partido?- no significa que no sean oportunas. Y no sólo por el abrumador respaldo de la ciudadanía, necesario pero insuficiente por definición para legislar modificaciones del Código Penal que nunca pueden depender en exclusiva del estado de ánimo de la opinión pública.

El PP acierta

En este caso, simplemente es acertado porque concede al Estado una especie de 'comodín' con el que defender mejor a la sociedad en determinados supuestos: una cosa es que todos los presos tengan la posibilidad de reinsertarse y otra bien distinta que el Estado tenga la obligación de soltarles cuando no está claro que ya no sean un peligro.

Delitos tan aberrantes como las agresiones sexuales, la pedofilia, el asesinato con ocultación del cuerpo, el secuestro con muerte o los crímenes con armas químicas y nucleares (estos tres últimos son los que el PP quiere ahora incluir en la ley) suelen tener el agravante de la reiteración, con casos tan sangrantes en la memoria colectiva como el del asesino de la niña Mari Luz Cortés.

En esos supuestos, disponer de un mecanismo que permita la reclusión indefinida de determinados delincuentes es imprescindible y no degrada la calidad de la democracia, ni los derechos de los presos ni, mucho menos, el concepto humanitario que en parte debe incluir el recurso a la cárcel.

Por eso los más exigentes tribunales en Derechos Humanos de Europa le han dado el plácet a la prisión permanente revisable y por eso la incluyen en sus códigos algunas de las democracias más avanzadas del mundo.

Ciudadanos debe rectificar en esto

Es cierto que retocando el acceso al tercer grado, como propone Ciudadanos tras verse desbordado desde sus propios seguidores por su extraño alineamiento con el PSOE y Podemos, se lograría un efecto similar. Y es verdad también que el Código Penal, sin ese recurso, ya dispone de respuestas enérgicas para los peores delitos.

Pero no lo es menos que la prisión permanente revisable ya existe y está en vigor, incorpora un mensaje público en sí mismo poderoso y es necesaria en una sociedad que, en materia de seguridad, necesita y reclama certezas y no poses buenistas. Acierta pues el PP al redoblar su apuesta por esta ley. Y lo haría también Ciudadanos, tan positivo en tantas cosas, si se enmendara a sí mismo y retirara su voto favorable a la abolición.