Opinión
Cristina Cifuentes hablando de su master. EF

DESPUÉS de que la Universidad Rey Juan Carlos decidiese ayer suspender al catedrático Enrique Álvarez Conde, responsable del máster de Cristina Cifuentes, y de que abriese la puerta a anular ese título del currículum de la presidenta madrileña, esta sigue enrocada en no dimitir y en tensar la cuerda para que sea Mariano Rajoy quien le obligue a hacerlo.

A lo largo de las tres últimas semanas, ni un solo dato objetivo ha avalado la versión de Cifuentes, y el escándalo ha crecido de modo exponencial, convirtiéndose no solo en un caso político, sino en un procedimiento jurídico en manos de la Fiscalía.

Como subraya reiteradamente Bieito Rubido, su periódico, el venerable ABC, lo ha dicho por activa y por pasiva. El daño que está causando Cifuentes a la marca del PP es notorio y debe apartarse, por sacrificada que sea la decisión y por injusta que sea la doble vara mediática de medir su máster, por ejemplo, con el caso de los ERE de la Junta de Andalucía o con la incipiente «Gürtel» socialista valenciana.

Pero Cifuentes no ha dicho toda la verdad y eso ya es inasumible en democracia. Este 13 de abril de 2018 dimitió el número dos de Podemos en Galicia, Juan Merlo, tras desvelar ABC que se inventó una ingeniería para inflar su currículum.

A la indignidad de un acto, Merlo añade ahora, al menos, la coherencia de marcharse y pedir perdón sintiéndose avergonzado.

Desgastado por sucesivos escándalos, magnificados por la izquierda, el PP debe mostrar más reflejos para gestionar una serie de crisis que resultan demoledoras.

Si el PP pretende rearmarse frente a Ciudadanos, tendrá que ser sin Cifuentes, a quien la propia Universidad Rey Juan Carlos desacreditó ayer al destituir al muñidor de su máster.