Periodismo
Ada Colau de manifestación en Barcelona. CT

Cataluña, sí, otro día más...y van no sé cuántos, que toca abrir esta sección con la cuestión de los Puigdemont, Junqueras, Gabriel, Colau y un largo etcétera de la tribu separatista que amarga a cualquier persona de bien el primer café del día. Pero es lo que toca.

Y este 9 de septiembre de 2017 las tribunas de opinión vuelven a incidir en el mismo tema, el de la consulta catalana.

El editorial de ABC pone en manos de Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, la responsabilidad de que el referéndum separatista sea o no un fracaso:

Resulta alarmante la calculada equidistancia de la alcaldesa de Barcelona, que aún no ha descartado colaborar con los separatistas. Colau ya ha demostrado ser una oportunista proclive a la independencia de Cataluña. Por eso, su ambigüedad institucional es vergonzosa. Si los ayuntamientos de Barcelona y de su área metropolitana plantan cara a Puigdemont, el intento de sedición está abocado al fracaso.

Luis Ventoso ejemplifica por qué no se podía dialogar con los separatistas catalanes:

No había que ser Isaac Newton para concluir que es imposible dialogar con un frontón, que no cabe pastelear con quién ha proclamado que se apresta a romper tu país. Pero el cándido y dulce buenismo perseveraba en el error (el gran Sánchez aún sigue subido a la burra).

Ignacio Camacho recuerda que el artículo 155 de la Constitución es simplemente un mecanismo de autodefensa para el Gobierno frente a quienes pretenden romper España:

Rajoy y sus ministros recurren a expresiones perifrásticas para sugerir que es una hipótesis que contemplan, pero sin atreverse a verbalizarla siquiera. Como si fuese una especie de botón nuclear capaz de desencadenar el apocalipsis en vez de un simple mecanismo constitucional de autodefensa.

Salvador Sostres observa un victimismo continuo en los catalanes:

La idea de que España nos odia, nos perjudica, nos hace trampas y nos roba ha promovido no sólo un catalanismo sino una sociedad catalana ajena a la autoexigencia, narcisista, autocomplaciente, que está tan persuadida de tener razón que la menor discrepancia la ve como un insulto o como una traición, como el sonido del silbato de Guruceta o los cañones del duque Berwick justo antes de que capitulara Barcelona.

La Razón, en su editorial, no tiene la menor duda de que el siguiente paso de los separatistas es la algarada callejera:

Ahora PDeCAT y ERC, al igual que se han arrastrado por la CUP hacia estrategias más radicales en el plano legislativo, ahora ésta les impone su estrategia callejera: el incumplimiento de las leyes, el desprecio a las instituciones y a los ciudadanos que les han votado tienen en la algarada y los disturbios su continuidad. Frente a ellos, todas las Fuerzas de Seguridad sabrán cumplir con su deber: proteger a los catalanes de la violencia y el desgobierno.

En El País, un tal Julio Llamazares considera que lo que están anticuadas son nuestras normas y que, miren ustedes por donde, hay que dejar decidir a los catalanes:

En una democracia la aplicación de la ley es un principio sine qua non, pero las leyes se pueden cambiar, puesto que están al servicio de los ciudadanos y no al revés. n su preámbulo a La guerra civil española, el británico Antony Beevor afirma que los principales problemas a los que el Gobierno de la Segunda República se enfrentó eran la reforma agraria, las relaciones con el Ejército y con la Iglesia y el separatismo catalán y vasco. No puede ser que un siglo después sigamos en el mismo sitio.

Rafael Moyano, en El Mundo, teme que Mariano Rajoy pase a la historia como el presidente con el que se rompió España:

Él, el artífice de la recuperación económica, el hombre que, en público y en privado, presume de haberle dado la vuelta a los números, el que ya está pensando en repetir candidatura, puede pasar a ser el presidente de cuando se rompió España.

El editorial de El Mundo es bien claro, todos aquellos que insistan en promover el referéndum ilegal pueden acabar perfectamente con sus huesos en la cárcel:

Sobre los máximos representantes del poder ejecutivo y del poder legislativo en Cataluña pesa en estos momentos la presunta condición de delincuentes. No sólo han arrasado el principio democrático de la separación de poderes; es que ahora algunos se enfrentan a la posibilidad de acabar arruinados o en una celda.

Pero la responsabilidad no se restringe únicamente a los promotores políticos del referéndum ilegal. Quedan también apercibidos los alcaldes y los responsables de medios de comunicación públicos o privados que inserten publicidad de la consulta.

Teodoro León Gross tiene claro que el partido de Pablo Iglesias está usando lo del referéndum catalán como una oportunidad política:

Podemos pinta a ganador del desastre del 1-O. Va a estar ahí esperando su oportunidad, sin apoyar el referéndum pero de su lado, manteniendo el choque de legitimidades a la espera de rentabilizar ese espacio político desde el día después. A Podemos no le interesa el referéndum, sino la oportunidad de usar esto para crear un poderoso eje de izquierda allí y en Madrid. Esas cosas de las que se habla en casa de Roures.