Periodismo
La detención de Rodrigo Rato y el sedicioso Carlos Puigdemont. EP

¿Está haciendo el Estado todo lo que está en su mano para frenar la secesión en Cataluña? Ya empiezan a salir voces discordantes asegurando que no siempre se han empleado todos los medios y que son muchos españoles los que sólo creerán en el imperio de la ley cuando éste se cumpla a rajatabla.

De ahí que algún que otro columnista salga este 10 de septiembre de 2017 con una claridad de ideas que raya en lo excelso. ¿A cuántos dirigentes que están fomentando un delito como la separación de España han visto ustedes siendo detenidos? Pues eso, cero patatero.

De ahí que Antonio Burgos en ABC se marque una excelsa tribuna sobre el particular:

En Cataluña hay un perjurio colectivo al que el resto de España asiste impasible; algo así como los habitantes de Florida esperan la llegada del huracán. Como si se tratara no de una sedición en toda regla, sino de una catástrofe natural inevitable. Los que han jurado o prometido cumplir y hacer cumplir la Constitución son los primeros que se la saltan a la torera. De hecho, ellos mismo han aplicado el famoso artículo 155 de la Constitución. La autonomía catalana, entendida según dice la Constitución de 1978, no existe ya, la han derogado ellos. Existen los ensayos generales de la sedición independentista, y sus pasos previos que nadie impide. El Constitucional los puede acusar de lo que quiera, que a ellos les trae sin cuidado. Ellos, a lo suyo, contra el Estado, siendo ellos el Estado en Cataluña. Consigno con dolor que hay una España que no creerá en nada, ni en el propio Estado, hasta que vea que a Puigdemont lo meten detenido en un coche tal como cogieron por el cogote y empujaron a Rodrigo Rato.

Para Jon Juaristi, lo lamentable es la actitud de los diputados del PP por dejar a su suerte la bandera española en el hemiciclo catalán:

La salida de los del PP abandonando en sus escaños las banderas. ¿Hicieron la mili estos señores? ¿Son del mismo partido que Regina Otaola, que María San Gil? Lo pregunto porque, si se iza una bandera, es para defenderla con la vida, no para entregársela a la primera chiflada podemita que pase por los alrededores. ¿Cómo no van a reírse los caganers? Hasta yo me río a mi pesar. Me río porque el acto de colocación de la bandera en los escaños y su simultáneo abandono al enemigo es cómico.

Salvador Sostres reconoce que él dejó hace tiempo de creer en esa Cataluña idílica:

Yo soy, también, el que dejó de creer en Cataluña como proyecto colectivo cuando vi los harapos mentales con que el grueso del catalanismo prefería envolverse. El catalanismo podría haber optado por cualquier otro planteamiento pero ha elegido el populismo como modo de canalizarse. El genio que tantos catalanes demuestran individualmente contrasta con su mediocre articulación política, siempre tercermundista. Arnaldo Otegi será el invitado estrella el lunes en la Diada.

Juan Luis Cebrián, en El País, deja bien a las claras cuáles son las intenciones de los separatistas:

Los intentos de los ultras de entonces por instaurar una Convención, al estilo de la Revolución Francesa, se parecen mucho por cierto, guardando las inevitables distancias, a la hoja de ruta emprendida por el Parlamento catalán para proclamar la independencia y definir las leyes de su nueva y, con toda probabilidad, inexistente República. Es imposible no reconocer en algunas de las actitudes de Junts pel Sí el aliento anarquista de sus socios de la CUP, que amenaza con convertir a la clase dirigente catalana en una pandilla de la porra.

Alfonso Rojo, en La Razón, no duda de que a los separatistas, cuando vean la que les cae encima por saltarse la ley, van a acongojarse:

Es lo que en tráfico se llama 'efecto tricornio': basta la presencia de la Guardia Civil para que no haya conductor que se transforme en la versión hispana del prudente chófer negro de 'Paseando a Miss Daisy'.

Fernando Sánchez Dragó, en El Mundo, considera que se ha tardado mucho tiempo en meter en vereda a los separatistas:

Nadie duda de que el trágala de los catalanes sin seny exige que se aplique la ley, pero todas las leyes son entes de ficción si los legisladores no están dispuestos a imponerlas por la fuerza cuando se transgreden. Quizá sea ya demasiado tarde para hacer lo que debería haberse hecho mucho antes. Los acontecimientos se precipitan. ¡Dejen ya las autoridades de hacer puñetas!