Periodismo
Otegi, ¿vienes a poner flores por los muertos de Hipercor?

La presencia estelar de un condenado por terrorismo como Arnaldo Otegi ha sido la nota más macabra de esta Diada caracterizada por la desobediencia civil ante la total ausencia del Estado y mucho menos de sus leyes, pisoteadas hasta el hartazgo. La izquierda proetarra (ERC, CUP y Podemos) se daba codazos para ponerle alfombra roja a esta alimaña. 

Esta vez la Diada se celebra apenas cuatro días después de que el Parlament desafiara al Estado por la vía de los hechos consumados, desconociendo la autoridad del Tribunal Constitucional y proclamando una legalidad paralela: es decir, golpista.

Lo que se ha celebrado ha sido --como dice el editorial de El Mundo-- es la ruptura con la Constitución por la fuerza emocional y la lógica asamblearia. "Que personajes tan dudosos como Julian Assange, Varoufakis o el condenado por terrorismo Arnaldo Otegi reciban trato de referentes honorables en la televisión pública catalana termina de completar la degradación del paisaje retórico que acompaña siempre a los procesos revolucionarios".

Emilia Landaluce cuenta lo que vio con sus propios ojos: "No solo se reivindicaba Euskal Herria (nadie vio a Otegi y a su gatito), sino Galicia y Andalucía libres. También había unos irlandeses pero sobraban los dedos de una mano para contarlos".

En las calles, se percibía esa alegría de los días festivos (siempre nostálgica de la fábrica, la oficina o el sembrado). Aunque la mitad de la ciudad había aprovechado el día para huir o quedarse en casa porque aquello (la Diada) no iba con ellos. Había algo halógeno en la alegría programada. Desde el viernes, la Asamblea se jactaba de sus 400.000 voluntarios para la manifestación. Y ahí estaban. Pero faltaba la espontaneidad local, salvo algunos guiris que creían que de Sanfermines iba el asunto.

Rubén Amón lo plasma así en El País: "Revestía la mayúscula romería soberanista el aspecto de una fiesta infantil. Había más niños que adultos. Iban pintados con los colores de la estelada. Y llevaban algunos escrito el sí en la frente, como una alegoría del cerebro ya formateado en la hipnosis colectiva de la patria nueva".

E impresionaba la adhesión naíf de muchos manifestantes adultos en esta dramaturgia de regresión, víctimas del síndrome de Peter Pan, sustraídos también ellos al simulacro de la pureza y de la ingenuidad, ignorando, claro, que hasta Arnaldo Otegi se ha traído a Barcelona su mejor pasamontañas, consciente de blanquear y diluir su fama de matón entre las camisetas fluorescentes que reivindicaban un eslogan aglutinador: "Sí. Referéndum es democracia".

Otro reportero de El País, Íñigo Domínguez, llama la atención sobre la adoración a todo lo que significa 'polítcamente correctos': "De Quebec a Galicia y por supuesto el Tibet. Aquí todo eso es mainstream, no marginal. La paradoja de la manifestación masiva de ayer es que era una celebración de lo políticamente correcto en Cataluña, pero con un aura de transgresión y victimismo que atrae como un imán a todo tipo de rebeldes. Julian Assange lo ha consagrado con su "Pancho Sánchez".

Y todo de forma muy familiar, algo sociológicamente anómalo, donde aparentemente los padres piensan igual que los hijos, porque ser independiente también es tendencia juvenil. La bandera mola, los adolescentes se la ponen en los selfis. "Yo también soy fluorescente", se leía en camisetas amarillo fosforito, el color oficial de la movilización. De eso va la cosa, de sentir un brillo especial, algo sentimental en el aire que hace abrazarse a las familias y hacerse carantoñas a los novios.